martes, 18 de noviembre de 2014

Bájale de pasas a tu cake


Para Flor, si quiere.

"And our faces, my heart, brief as photos"
John Berger



   Cuando vi su heladera tapizada de fotos imantadas, comprendí que las cámaras fotográficas habían sido inventadas para mujeres como ella. La mayoría enmarcaba su rostro en una infinidad de gestos y abrazos, (aparecía siempre acompañada, por amigos o por su gato Ceniciento) como un collage de felicidad capturada. 
   -Me acompañan, dijo desde algún lugar de la casa. Tardé un segundo en entender que me hablaba a mí. Giré, buscándola con la vista. No la encontré. Me quedé callado, de nuevo frente a la heladera.
   Reapareció enseguida sobre unas floripondia con suela de goma azul y su mejor cara de Holly Golightly, sujetando una lata amarilla de Canarias como si fuese un Oscar. 
   -Dijiste algo?, pregunté simulando no haber oído.
   -Te decía que esas fotos me acompañan. Y algo más -dijo, acercándome la lata. Lo realmente importante es que mis queridos están ahí, custodiando la conservación de mi alimento. Es lo que importa. Voy a poner música. Te armás uno?, dijo y salió de nuevo de cuadro. 
  Me quedé con la lata en la mano, mirándola como a un juguete que te habías olvidado que te encantaba y te lo encontrás varios años después en una mesa de saldo de plaza Cagancha. Estaba intervenido. Con la misma tipografía de la marca, habían tapado el "arias" de Canarias por "nabies" de Cannabies. Me sorpendió la e, pero se entendía igual. Abajo decía en una etiqueta: blue berry mayo.
   Mientras tanto, en otro lugar de la casa, comenzaron a sonar los acordes de Taxman. Puso Revolver completo en youtube y regresó a despejar la mesa y preparar mate. Tiene una manera especial de moverse en la cocina, como si todo lo que no fuese ella le hiciera espacio. Rechazó mi ofrecimiento de ayuda, así que volví al collage. Me llamó la atención una serie en el ángulo superior derecho de la Siam (sí, tiene una Siam té con leche). En todas se destacaba un destello verde. Había paisajes urbanos, carteles, personas, animales y en todas las imágenes lo único que se repetía era el color verde. Me debo haber quedado un rato mirando, lo suficiente como para que al girar hacia ella la encuentre con la cadera apoyada en la mesada, auto abrazándose con el brazo izquierdo y sosteniendo una manzana en la mano derecha. 
   Señalé la serie como si hubiese descubierto un secreto. Debo haber puesto cara de pregunta.
 -No es nada especial; son rachas, dijo mordiendo una manzana con su mejor cara de buenas tardes. Tengo temporadas en las que me propongo como consigna hacer foco en un solo color cuando voy por la calle, entendés? (Mordisco). No leíste a Cortázar vos? (Otro mordisco). Esas son las que me gustaron de entrada, sin estudiarlas demasiado. A pura intuición. (Mordisco). Las dejo ahí, hasta que me olvido de ellas y cuando no lo espero, un tiempo después, cualquier día, se produce el insigth, la revelación de lo que me quieren decir. (Mordisco; fin de la manzana). Entonces les hago caso y preparo una muestra que las contenga. No armaste el porro todavía. Tomá, usá este grinder, es a molinillo viste? Papelillos hay en la lata. Si queres, usá la maquinita. A mi me gusta armarlos a mano. Mientras tanto, voy al baño. Te quedas un rato más, no?
   Sonreí. Si, claro, dije. Me quedo un rato más.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Alero

Foto:Flor Puoli
A J.C. con cariño y respeto

Somos fantasmas peleándole al viento.
Los Piojos

La puta madre, se acabaron las tortafritas. El almacén de Charo debe estar cerrado, todavía no son las cinco y esto parece que sigue. Que lo parió, haber pegado el viaje en el fin de semana equivocado. Si estaba lo más bien en Buenos Aires. Pero cuando a la Tana se le mete algo en la cabeza no hay con que darle. Mirá que venir a tirarme la enfermedad como excusa. Sabe que tengo el auto en el taller y el temita que tengo con eso de viajar en colectivo.
Para peor, el Negro había quedado en llevarme un frasco de flores, unas snow russian que dice que te dan ganas de volver al comunismo. Planazo. Pero el boludo se colgó en el Imaginario y me tiró que iba a pasar hoy a la tarde. Ni le contesté. De la decepción. No tienen razón los progres cuando dicen eso de que pueden llevarse las flores pero no la primavera. Le tendría que avisar que me vine para acá al Negro, mirá si se enoja y me deja sin Puttin, Navokob y la mar en coche. Cierto que ésta no tiene wi fi por las malas vibras. Qué jipi. Voy a tener que llamarlo.
Pobre Tana, se debe sentir sola. Mirá cómo duerme ahora. No sé cómo hace para dormir en una hamaca paraguaya. Para mi que lo hace para llevarme la contra, porque sabe que a mi me parecen una careteada marca cañón. Nadie puede estar cómodo en una cosa de esas. Si a esta altura han inventado sillas colgantes para tirar para arriba. Pero ella no, loca de las hamacas paraguayas. Por lo menos tiene linda la casa, se ve que se dedica.
Esa que viene ahí debe ser la Charo. Si, re. Qué hace por acá? La Tana le debe haber contado que vine. Ojalá que por lo menos traiga un paquete de harina.

jueves, 30 de octubre de 2014

Con la mano y por la racha


   
Entrevista con Sebastián Morro, guitarrista de El Manijazo, que se presentará el próximo sábado 8 de noviembre a las 23 hs. en el Club Cultural Lucamba, en 117 y 67.


Foto: Juli Tiverón


   - Qué expectativas tiene para este próximo concierto?

   - Todo concierto genera muchas expectativas. Nos preparamos grupalmente, ensayando horas y horas esperando que el momento único e irrepetible de la interpretación en vivo sea el mejor, que refleje todo ese esfuerzo, toda la dedicación, todo el esmero por cada detalle sonoro. Que, además, viaje con toda la carga expresiva y emocional que la música sólo puede transmitir en directo, y que ese viaje recorra todo el salón atravesando a cada persona. Que cada una de esas personas a su vez colme sus expectativas, que supere sus expectativas incluso, y que ese viaje musical regrese a nosotros en forma de baile, de coros, de aplausos de agite y de alegría.. 
   Pero además existen expectativas personales. que a veces compartimos en grupo y conversamos, y a veces las guardamos. En esta ocasión las expectativas personales están muy aunadas, porque volvimos a gestionarnos solos después de 2 años de laburar con una productora cultural. Así que toda la organización, la logística, la prensa, el armado y coordinación de la fecha estuvo a cargo de nosotros, los músicos. Y eso genera mucha ganas de que todo salga bien. Ojalá que resulte así.


   - Cómo nace El Manijazo? Qué influencias aportó cada uno?

   - La banda nace por impulso, ingenio, genio y carisma del Chino Ayala (Juan Carlos). Fué el quien sintió esa necesidad de darle continuidad en la región al camino abierto por el gordo Alorsa y La Guardia Hereje. Y fue él quien tuvo esa idea germinal de mezclar el tango y el ska en la misma ensaladera, y se encargó de juntarnos a pesar de nuestra desconfianza. Lo primero fue compartir sus canciones conmigo que perfilaba como el guitarrista tanguero, y luego llevar esas músicas a las primeras juntadas con Homero (Polenta, vatangueando) y su bandoneón y otros músicos que no se coparon del todo.. Hasta que el condimento Ska llegó en manos de Toni (Santamarta, guitarra) y Chino Killyam (contrabajo) ambos ex integrantes de Cañamoon. Ahi tomó forma, pero el verdadero sabor lo trajo Marian (Rossitto) con su bata. A esa altura la ensalada ya era tentadora. Había letras y cantor, armonías y yumba, riffs y bases grooveras, y el color del bando tan tan tango... ya empezábamos a manijear y no tardamos casi nada en completar la orquesta. Saxo y clarinete primero con el Negro (Martín Santander) que no para de tirar colores y sabores.. y por último la octava manija Fer (Ortega) que trajo en su violín el condimento que terminó por aglutinar melódicamente los dos géneros de la ensalada.



  
 Las influencias que cada uno aportó fueron bien claras y un poco ya lo mencioné antes. El Chino cantor aporta la retórica, el lunfardo y la mística arrabalera. Homero que venía de compartir con el Chino los escenarios de Vatangueando, aportó con el bando la sonoridad tanguera mientras terminaba su carrera universitaria y recibía su título de guitarrista. Esa formación académica llevada a la música popular nutre constantemente las orquestaciones manijas. Otro erudito de la música es el Toni, pero con una formación si bien muy metódica, mucho más ligada a lo popular. Toni y Chino bajista tocaron juntos durante años en una banda de Ska tradicional y aportaron mucha data desde ese camino recorrido. Yo venía del tango y los ritmos folklóricos sudamericanos, más guitarrero que guitarrista y más cantor que cantante. Marian, batero desde niño trajo sus medallas del punk y del rock, pero es un amante de los ritmos más que de los géneros, y eso lo llevó a tocar murga, samba-reggae, emsambles de percusión, candombe, ritmos peruanos, rumba y boleros. Toda esa data rítmica tarde o temprano se terminan metiendo en cualquier cosa que toque. El Negro con el saxo es otro metódico del estudio, y además trajo mucha experiencia de ensamble melódico absorbida de su propia experiencia en secciones de bronce y como amante del Reggae y el Ska. Pero paulatinamente fue incorporando el clarinete en los arreglos, que con otro timbre aporta otras sutilezas y colores muchas veces balcánicos o aires de música klezmer. Fernanda estudió violín de pequeña en conservatorio. Tocó mucho tiempo en orquesta clásica y trabajó años en la camerata del Teatro Argentino. Después armó su banda de rock en la que cantaba y tocaba la guitarra, tocó tambores y de a poco empezó a transportar toda su técnica académica a la música popular. Desde Lamarencoche, una banda de versiones de música latinoamericana que compartimos por 4 años, pasando por Noches Florentinas y como sesionista de muchas otras bandas, terminó por abandonar lo académico y volcarse de lleno a ésto.


   - En sus conciertos hay, además de lo que ocurre en el plano musical, una preocupación por la estética y la puesta en escena, cómo surge la estética "manija"?

   - La estética visual nació de los primeros tiempos manijas. Por aquel entonces se fundó la Corporeiyon Manija, con Natalia Suarez, Pilar Platzeck, Daniel Lorenzo, Nadia Lozano y Gabriel Herze. Ellos escucharon nuestras malas ideas y las hicieron buenas. Nati y Pili desde el vestuario y escenografia. Dani desde el diseño y la gráfica del primer disco. Nani y Gaby desde lo audiovisual en escena y para nuestro primer video clip que fue con Ni la mano ni la racha.
   Mostramos en escena un vestuario de invierno o verano inspirado en la inmigración y vida portuaria en argentina de los años 30 al 50, que son a la vez las décadas de oro del tango y el ska. Pero siempre usamos nuestras zapatillas en el estado en que se encuentren.




   - Cómo fue su acercamiento al tango? Traía prejuicios? De qué manera se relaciona el tango con la modernidad?

   Yo no me acerqué al tango. Siempre estuvo en mi casa. Mi abuela materna vivía con nosotros y mis viejos laburaban todo el día, asi que mientras aprendía a tocar la guitarra mi abuela Adela administraba el equipo de música y ponía tango toda la mañana. Adela tiene aún, a los 97 años una voz hermosa, y con el escobillón como micrófono, asi de pasada (y con mi distraída complicidad) seguimos cantando tangos a dúo cuando paso por Cipolletti. Mi vieja que heredó esa facilidad para el canto hacía un hermoso dúo con mi viejo que era muy afinado y buen guitarrista de folklore.. Ahora cuando agarro la guitarra en casa de mi vieja, se sienta cerca y tengo que cantar alguna zamba o algún bolero. Así que no pude evitar, o no quise, que el tango y el floklore se metan en mi.
   Cuando armé mi primera banda, acá en La Plata ,empezaba a escribir mis propias canciones, y por supuesto esas letras encontraron en el tango, el floklore y el bolero un vehículo para viajar.. pero además tomaron forma de candombes, milongas, o aires de bosa y samba brasilera. Nadie mejor que el Manu Núñez para forjar ese caminito hace muchos años con La modernidad. Este año estamos presentando nuestro segundo disco, Ciudades.


   - Cuáles son los próximos pasos de El Manijazo?

   - Lo próximo de El Manijazo, es terminar de maquetar el segundo disco y meternos en los estudios para hacerlo real.

sábado, 20 de septiembre de 2014

La azotea/2

   Estamos en la terraza de la Estación, sobre el viejo edificio de 17 y 71. Está empezando el año 2006 y nosotros estamos mirando el amanecer desde ahí, ajenos al mundo, felices, esperando al sol como a una vuelta de página.
   Yo estoy acá, sentado, al lado de Rocío. Rocío es mi compañera. Usa el pelo corto y desparejo, como una Amelie a las apuradas. El viento le adhiere algunas de sus mechas castañas sobre un costado de la cara y estas hacen juego con sus ojos pardos. Así como está, hace juego con el mundo.
   Ahora le da un poco el sol y ella lo mira, masticando unos caramelos que no sé de dónde sacó. Mira fijo hacia la 72 y entrecierra los párpados.
   Da mar.
   Da ese aura de serenidad y tiempo. La miro a ella y me siento re Susanita. Me avergüenza un poco  tanto idilio de cine de autor. Me imagino filmando esta misma escena: ella mirando al sol naciente con una paz única; el medio y el mensaje.
   Porque Rocío es cine. Se lo vengo diciendo desde que nos conocimos. De hecho, fue el tema de conversación que ablandó nuestras cáscaras en aquella fiesta de Trabajo Social. Como estudiaba ahí le pude indicar con facilidad hacia dónde quedaba el baño. Su sonrisa tímida me quedó como una especie de protector de pantalla durante buena parte de la noche. Algo, una corazonada o como se llame, me dijo que parecía ser mutuo. Así que me dediqué a esperar una oportunidad para hablarle.
   Pero claro, no se confundan, no pertenezco a la raza de los osados. No esperen encontrar detalles inspiradores. Sólo alcanza con decir que el lugar (mi temporal casa de estudios) nos llevó a hablar de cine y desde ese momento hasta ahora, en esta terraza, no han pasado cosas demasiado trascendentes, de esas que te cambian la vida. O sí. Pero descubrirlas tal vez sea una cuestión de tiempo.
   Así que ahora estamos amaneciendo en estas alturas, al aire libre, con los bolsillos llenos de sueños y de películas posibles. Ro se lo merece. No es actriz, nada que ver; de lo que hace hablaremos en otro momento. Es otra cosa. Es ella y todas las Rocíos posibles, una infinitud de seres que tienen en común hacer de la belleza y el misterio una sola y misma cosa. Como el vértigo de acercarse al borde y gritar "la puta que vale la pena estar vivo!": una evocación bizarra que te llena de libertad.
  Y de tan libres elegimos, en la intimidad del cielo abierto, entrelazarnos las manos sin mirarnos, no hacía falta, preferimos ahorrarnos el rubor de haber descubierto que ese día era verdad.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La azotea

- Ajá, o sea que para vos los problemas en este país se solucionan poniendo pelotas de fútbol en la calle.
- Bueno, no se sí los problemas. Pero seríamos más felices.
- Pelotas de fútbol en la calle.
- Si. Ese es mi plan para recuperar la calle como un lugar de juego. Viste eso de que "bajo los adoquines está la playa"? Bueno, es eso. Todos los tipos de este país son capaces de jugar un picado con nueve desconocidos cuando están de vacaciones. Pero después vuelven a la vida urbana y se olvidan de que se frotaron semidesnudos con otros que no van a volver a ver en la re puta vida.
-Pelotas para todos. Y todas! Nosotras qué?
-Bueno, las pelotas son libres, pueden usarlas, quién te lo impide? Estarían en unos canastos, en esquinas distribuidas al azar cada semana. Entonces, vos llegás a la esquina y, mientras esperás el semáforo, te ponés a hacer jueguitos. Y después por ahí te la llevás un par de cuadras y vas haciendo pases con alguno o le tirás centros a los que esperan el colectivo. Cuando llegás a destino, la dejás en el canasto o se la dejás a otro.
- Pero el tránsito sería un despelote. Además, romperían todos los vidrios. Se cagarían a trompadas cada dos por tres.
- Y, no sé, yo pensaría que si en lugar de ir al laburo puteando por la cantidad de autos voy en colectivo y me hago cinco o seis cuadras jugando a la pelota..
-Qué te hacés el misterioso?
-No me hago el misterioso.
-Si, te hacés el misterioso. Y te sale mal. Ves? Esa cara es. Te crees que estás diciendo algo genial y es una tremenda pelotudez.
-Además, si los tipos andan por ahí jugando a la pelota no tendrían problemas de salir en tetas si quisieran, porque no les van a dar pelota. De esa forma se terminan los piropos que tanto te molestan. Y el temita del soutien.
-No le digas así!
-Bueno! Pero me gusta esa palabra. Es francesa, no? Como lo del mayo francés, lo de los adoquines y la playa.
-Acá debería estar la playa, cruzando la 72. Desde acá tendríamos una vista priviliegiada. O no, Menotteinstein?
-Bajamos?
-Sos lindo cuando te enojás.
-Hacemos la de Alterio otra vez? Dame la mano.
-Dale. Pero no te acerques mucho al borde.
-Vení, vamos para este lado. Acá nomás. Estás? Dale. 1, 2...






jueves, 21 de agosto de 2014

iutorreng

Al final de cuentas, la tarde se había perdido. Seguía siendo domingo por donde se lo mire. Y yo estaba con el tobillo inflamado -presunto esguince- por una torcedura ridícula en el partido de la mañana. Así que encontrar excusas para violar la reglamentación del consorcio e ingresar con bebidas alcohólicas después de las siete de la tarde no era una tarea costosa.
El problema que tenía es que vivía solo. Sí, por rudo que parezca, en ocasiones así vivir solo es un problema. El pie me dolía bastante si intentaba pisar y mi relación con las enfermedades o las disfunciones temporales de alguna parte mi cuerpo suele ser exagerada, épica, para una tribuna imaginaria, con un nivel de esfuerzo que -ay, si lo enfocara a curarme- le deja poco espacio ram a la practicidad.
Es decir que, en vez de preocuparme por encontrar un método rápido para absorber el vidrio del envase en la billetera y evitar los ojodrones inmobiliarios, me la pasaba haciendo piruetas absurdas y muecas de dolor pintorescas, como en una de karate.
Hasta que me decidí y usé el viejo método de la olla de agua caliente para el envase. Como tardaba cerca de media hora, podía aprovechar el autotorrent para mejorar las chances de bloodbike-no la usaba demasiado porque eran preciadas en el mercado negro- así que me puse manos a la obra, saltando en una pata, para no apoyar el tobillo herido. Cuando se bajó el envase a la billetera ya tenía todo listo para salir al expendedor de cervezas. El más cercano de mi barrio estaba a unas veinte cuadras. Podía hacerlas en 40´ sin problemas ni falta de energía.
Pero antes tenía que pasar por el cajero automático. Los gastos de la enfermería me habían liquidado el efectivo a la mañana. 300 ml de spray y 2,34 gr. de ratisalil a razón de $ 985,00. La saqué barata, pero tenía la billetera vacía.
Salí al pasillo del condominio demostrando mi renguera, ayudado por el apoyo en la bloodbike, rumbo al cajero automático de la 7 con la 42. Los ojodrones sobrevolaban el barrio con bastante libertad: los domingos, los pensamientos suelen estar más dispersos en esta zona de la ciudad, por la simple razón de que nadie quiere venir al centro en su único día de parque.
Así que subí la rampa y allí me bajé la bb con dificultad, y entonces dudé en dejarla ahí afuera o entrarla, con el riesgo de que me multen antes de pupilear y me quede sin plata. La indiferencia de la calle me hizo decidir dejarla ahí, por lo que entré sin ella, con tarjeta en mano y el pie a duras penas.
Calculé al voleo que sólo habría dos o tres posibilidades de que los circuitos de ojodrones, zingaros y autos se combinen dejando el punto ciego del estacionamiento de la bicicleta durante el tiempo que durase mi extracción. Por eso fue que cuando vi al pibe armar su sonrisa de jackpot! desde la vereda de enfrente supe que él había pensado antes en ese mismo cálculo; lo deseó con precisión y estaba a su merced. Yo quise pensar en las probabilidades, pero la operación de sacar plata del cajero me ocupaba el 100% del multitask. Lo único que podía hacer era correr. Y era lo único que no podía hacer. Se dan cuenta? Sólo podría salvar mi histórica bloodbike -salvarla de que la destripasen y le pongan un motorcoin; de que su existencia ya no tenga conexión directa conmigo, si es que lograba agitar el avispero drónico como para encontrarla- corriendo hacia ella y cantando pri. Pero era imposible que lo logre. No podía correr. Supe que el maldito me vio renguear, que vio mi gesto de dolor y que lo midió, que vio el momento en que pupileaba la clave en el cajero y me encontraba siendo el puente de dos proppriv´s. Hijo de boludo!!! me grité cuando lo vi treparse justo y salir. Las alarmas del banco se encendieron y aparecieron dos asistentes sociales que estaban de guardia. Ninguna de las dos era especialista en hijos de boludos pero lograron tranquilizarme. En cuanto logré controlar de nuevo la respiración me di cuenta de que se me había parado el pito y me desmayé de la vergüenza. En la caída, me esguincé la muñeca derecha, que era la que tenía la billetera con el envase absorbido.
Cuando me desperté, la médica estaba ahí. Me estampó la boleta en la cara. Todavía estaba pegándose la tinta fosforescente cuando linkeé que estaba en esa situación porque me habían choreado la bloodbike y entonces entendí que había ganado oro en polvo: tenía una historia para contar, una paleta nueva de colores!
Claro que las médicas la vieron mientras sucedía. En cambio, podía ir a la indivitual y exigir un descuento a cambio de contarles la historia a las grises recepcionistas.


martes, 16 de julio de 2013

Cecilia: la luna de Valencia.

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio”.
Ítalo Calvino



El silbido de la pava la rescató de su cuelgue. Giró velozmente la cabeza hacia la hornalla, con la mirada hacia el piso y el oído buscando hacer foco en la fuente de sonido. De inmediato se levantó de la silla y apagó el fuego. Buscó el mate y volcó la yerba en el tacho de la basura con un movimiento enérgico. Se quedó unos segundos inmóvil, mirando la huerta tras el vidrio de la puerta del patio. Recordó que debía acordarse algo referido a los tomates pero no logró cargar el historial y ser más específica.
Regresó al frente de la notebook con el termo en una mano, el mate en la otra y una galletita en la boca. Había dos mensajes de Andrés en el chat. Cebó un mate y comprobó que, una vez más, había acertado con la temperatura exacta del agua. Celebró por dentro la gracia de ese pequeño triunfo. Amaba dejarse invadir por momentos así, por fugaces cambios de ritmo en el mapa de sus días, como una orfebre incansable en la cartografía de su ternura.  
Sin embargo, el territorio le puso delante un escollo que había intentado olvidar. Se quedó mirando el indicador de su estado de conexión. Solía conectarse en calidad de ausente para no tener que lidiar con conversaciones no queridas. No siempre funcionaba.
  

Andrés esperaba del otro lado de la línea. Habían pasado unos cuantos días a solas, sin saber nada el uno del otro, con el esfuerzo que implica despegarse necesariamente de la telaraña virtual, del resto del mundo, para estar a salvo de una persona.
En esos días su productividad aumentó notoriamente. Se dedicó a completar la producción para el puesto de la feria, ya que en la próxima le tocaba ir a ella. Había formado una pequeña cooperativa de reciclado con dos amigas y ella debía coser a máquina unas bolsas para mandados que hacían con lonas de publicidades viejas. También aprovechó para coordinar con un amigo diseñador que le había prometido darle algunas lonas y así juntó material de trabajo suficiente como para salir de casa lo menos posible.
Decidió dejar que el cursor se aburriera de su intermitencia y que la computadora entre en estado de suspensión, aún si perdiese los nuevos logros al candy crush. Se quedó en silencio, pensando en lo que pensaría Andrés en ese momento. No sabía mentir, pero con el tiempo había aprendido a dejar pasar algunas cosas, a creer que deslizarse oculta entre los contactos, por ejemplo, no era una forma de la mentira. Y si lo era, podía tolerarla, podía convivir con el peso de una indefinida culpa al momento de tomar la decisión, y luego seguir adelante.
Cerró la computadora y enfiló rumbo al patio. Amagó abrir la puerta, pero se quedó del lado de adentro, mirando la tarde gris y fría que ocupaba la vista frente a sus ojos. Entonces sonó el celular. Lo primero que pensó fue que Andrés la estaría llamando. Se fastidió. Miraba el aparatito que había dejado de vibrar y ahora dejaba visible la titilante lucecita roja. Pero antes de maldecir por maldecir, fue a chequear el mensaje.
“Hola, soy Lau, de El Manijazo, por favor confirmen su presencia en el micro. Sale a las 19:30 hs desde Plaza Italia. Muchas gracias!!”
  

            Cuando subió al ómnibus eligió ubicarse en el medio, era su lugar favorito para viajar. En la parte de atrás estaban los chicos de un grupo de percusión, que intentaban animar a toda la concurrencia con cánticos y espirituosidades varias. Los conocía de vista, le caían bien. La zona de adelante estaba copada por integrantes de una cuerda de candombe. Casi todos en el colectivo eran conocidos entre sí; casi todos provenían de diferentes espacios.
            A su lado se sentó Miss Flores, un gurú del autocultivo al que apodaban así porque cada vez que alguien le ofrecía una pitada respondía: “Te agradezco, no es nada personal, es que sólo me gusta fumar mis flores”.
Le cayó bien. Hablaba poco y parecía saber escuchar. Diez años atrás la seducía la palabra, podía embelesarse durante horas oyendo intelectuales jipis que hilaban temporadas de acampe en El Bolsón con el nervio firme de la cámara de Cassavetes.  Todo era nuevo y, de alguna manera, buscaba un espejo, el reflejo en el aire de las mismas cosas que pensaba y que no siempre le interesaba exteriorizar. Así se enganchó con Andrés y el carácter inmutable del reflejo que éste le proponía acabó por estallar en miles de fragmentos de esnobismo y vacuidad. Su palabra ya no significaba nada para ella o, mejor dicho, ya no se conformaba con el signo que formaban juntos.
            Andrés no se había desviado, no era él quien se había deformado, sino lo contrario: pretendía mantener el haz de luz constante, buscando iluminar las zonas compartidas cuyos lazos estaban rotos. Cecilia entendió que no se podía forzar el orden de dos trayectorias que apuntaban a diferentes destinos.  Se vio a sí misma como una moneda  que, por un azar de insignificancia aparente, cae de la misma cara una serie sucesiva de veces.  Junto a ella, Andrés, y el mismo azar, la misma cara compartiendo el viaje, como dos surfistas que remontan una ola al mismo tiempo. Pensó que tal vez algo así sucede con la mayoría de las relaciones que entablamos a lo largo de nuestra vida; existencias diseminadas al azar que coinciden un trecho de recorrido, hasta que la racha cambia, la onda marina baña la playa y acaba con los castillos de los niños y los poemas escritos con una ramita. Se va lo que se va, y así.
            Y en ese andar errático, su trayectoria en este momento cruza la autopista rumbo a Buenos Aires, en un ómnibus que la lleva, junto a varias decenas de personas, a un recital en el Almagro Tango Club.


             Cuando aterrizó el colectivo, la mayoría de sus ocupantes bajaron apresurados al baño. Otros se quedaron fumando en la vereda, mirando las plantas que colgaban de algunos balcones, como selvas privadas; macetas aferradas al alambre de esas pajareras humanas que tiñen algunos edificios.
            Al poco tiempo, el salón estaba lleno. Las mesas fueron ocupadas por grandes grupos. Cecilia se sentó junto a los amigos de Miss Flores, pidieron empanadas y cervezas y se quedó mirando el escenario. Los instrumentos estaban dispuestos para la función. De la pared del fondo colgaban varias sogas con ropa tendida. Miró esa inmutable escenografía y pensó en sus abuelos. De inmediato linkeó a una foto que gobernaba el living donde pasaba las tardes de verano en el campo.
            Era en un patio enorme, donde una familia completa posaba para la cámara. Los mayores lucían orgullosos sus ropas de domingo y se enfrentaron a la posteridad con la solemnidad que exigía la contratación del fotógrafo. Ocupaban el vano de una puerta, sobre la cual se veían colgando las ropas que habían dejado en la baranda los habitantes de la planta alta.
            Pensó que nunca había preguntado quiénes eran todos esos que habían posado en un mosaico de tiempo de cien años atrás. No tuvo tiempo para pensar mucho más, porque en ese momento salieron los músicos a escena.
            Luego de superar algunos inconvenientes con el sonido –unos minutos que fueron apropiados para aquellos que no habían terminado de comer- la máquina sonora comenzó su raíd danzante.
            Aparecieron relajados y atentos, dispuestos a ganarse el desembarco, su íntimo Normandía entre amigos y desconocidos. Alquimistas de conventillo, de pulóver de llama y rítmicas balcánicas. Cecilia cayó presa de la potente conjunción festiva que la despegaba del suelo. Suenan a ropa colgada, pensó, a vida, a trapo sucio de revolcarse en el potrero o de rodar barranca abajo con los amigos.
           

Recibió un brazo en el suyo que la invitaba a girar y se dejó llevar. Cerró los ojos y se apartó apenas del grupo que bailaba entonado. Desde los pies comenzó a subirle un cosquilleo parecido al amor, como si estuviera adormeciéndose. No hizo nada para detenerlo y dejó que la vibración se apodere de su cuerpo. De pronto, la maraña de palabras que la atosigaba permanentemente pareció desaparecer para fundirse a los pies, a las rodillas y a los brazos que se agitaban como si nadie estuviera mirando.
Todo lo que no era ella flotaba en un sopor agradable y, de un modo análogo a cuando solían sacarla a bailar tomándola de la mano, el violín la llevó a recorrer el salón, a recorrer la historia de la madera en la que había sido tallado el instrumento. Como si pudiese nutrirse de la misma esencia de ese árbol que alguna vez pasó largas temporadas a la intemperie, anidando pájaros y música.
Abrió los ojos y buscó de inmediato a Miss Flores, que le guiñó un ojo desde la mesa, en un gesto inmenso y fraternal. Se sintió feliz; sintió que entendía a alguien. Su manera de agradecer fue dar rienda suelta a su cuerpo en danza. Había olvidado cuánto le gustaba bailar. Ante la arremetida skatanguera, dejó que su cuerpo fuese puro cartílago, sin estructura ósea que le impidiese ocupar cualquier rincón del espacio ni desarmarse.
            Al poco tiempo, la melancolía festiva que irradiaba desde el escenario la llevó a reírse de sí misma, a abrazarse al resto de la tropa bailarina en un ritual griego sin platos rotos, rebosante de risas y pasos alocados en el aire. Sintió la comunión con el escenario, con la ametralladora de la batería y el bajo y las diferentes asociaciones vertiginosas del cuerpo de melódicos; guirnaldas invisibles capaces de iluminar más allá del aquí y ahora en el que existen y permanecer anidadas en el interior de los que se dejan invadir por las filosas notas manijeantes.

            Así se sintió después del concierto. Después de los abrazos de felicitaciones a los músicos, de la puesta en común de un movimiento infernal que unía a los presentes por sobre la línea de flotación de sus sentidos, algunos salieron a la calle a fumar un cigarrillo o a tomar un poco de aire. Cecilia bajó entre los últimos, cuando ya se sabía el paradero del colectivo que los llevaría de regreso y hacia allí enfilaron todos, más animados que cuando llegaron.
            Una vez sentada en el ómnibus, buscó los auriculares en el morral y se dejó caer en una cápsula reconfortante ("un poco de indulgencia / la luna de Valencia"). Poco importaba que al día siguiente tuviese que madrugar para hacer cosas de la cooperativa. Estaba radiante y serena. Repasó los ecos de la noche que iban fijándose en su piel, en su memoria, como los anillos de un árbol en el interior del tronco; ecos de un infierno encantador, absorbidos con la prestancia que brindan los amigos, como una poción mágica que se asienta dentro suyo en el momento en que las cosas suelen durar para siempre: el momento de volver a casa.