sábado, 20 de septiembre de 2014

La azotea/2

   Estamos en la terraza de la Estación, sobre el viejo edificio de 17 y 71. Está empezando el año 2006 y nosotros estamos mirando el amanecer desde ahí, ajenos al mundo, felices, esperando al sol como a una vuelta de página.
   Yo estoy acá, sentado, al lado de Rocío. Rocío es mi compañera. Usa el pelo corto y desparejo, como una Amelie a las apuradas. El viento le adhiere algunas de sus mechas castañas sobre un costado de la cara y estas hacen juego con sus ojos pardos. Así como está, hace juego con el mundo.
   Ahora le da un poco el sol y ella lo mira, masticando unos caramelos que no sé de dónde sacó. Mira fijo hacia la 72 y entrecierra los párpados.
   Da mar.
   Da ese aura de serenidad y tiempo. La miro a ella y me siento re Susanita. Me avergüenza un poco  tanto idilio de cine de autor. Me imagino filmando esta misma escena: ella mirando al sol naciente con una paz única; el medio y el mensaje.
   Porque Rocío es cine. Se lo vengo diciendo desde que nos conocimos. De hecho, fue el tema de conversación que ablandó nuestras cáscaras en aquella fiesta de Trabajo Social. Como estudiaba ahí le pude indicar con facilidad hacia dónde quedaba el baño. Su sonrisa tímida me quedó como una especie de protector de pantalla durante buena parte de la noche. Algo, una corazonada o como se llame, me dijo que parecía ser mutuo. Así que me dediqué a esperar una oportunidad para hablarle.
   Pero claro, no se confundan, no pertenezco a la raza de los osados. No esperen encontrar detalles inspiradores. Sólo alcanza con decir que el lugar (mi temporal casa de estudios) nos llevó a hablar de cine y desde ese momento hasta ahora, en esta terraza, no han pasado cosas demasiado trascendentes, de esas que te cambian la vida. O sí. Pero descubrirlas tal vez sea una cuestión de tiempo.
   Así que ahora estamos amaneciendo en estas alturas, al aire libre, con los bolsillos llenos de sueños y de películas posibles. Ro se lo merece. No es actriz, nada que ver; de lo que hace hablaremos en otro momento. Es otra cosa. Es ella y todas las Rocíos posibles, una infinitud de seres que tienen en común hacer de la belleza y el misterio una sola y misma cosa. Como el vértigo de acercarse al borde y gritar "la puta que vale la pena estar vivo!": una evocación bizarra que te llena de libertad.
  Y de tan libres elegimos, en la intimidad del cielo abierto, entrelazarnos las manos sin mirarnos, no hacía falta, preferimos ahorrarnos el rubor de haber descubierto que ese día era verdad.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La azotea

- Ajá, o sea que para vos los problemas en este país se solucionan poniendo pelotas de fútbol en la calle.
- Bueno, no se sí los problemas. Pero seríamos más felices.
- Pelotas de fútbol en la calle.
- Si. Ese es mi plan para recuperar la calle como un lugar de juego. Viste eso de que "bajo los adoquines está la playa"? Bueno, es eso. Todos los tipos de este país son capaces de jugar un picado con nueve desconocidos cuando están de vacaciones. Pero después vuelven a la vida urbana y se olvidan de que se frotaron semidesnudos con otros que no van a volver a ver en la re puta vida.
-Pelotas para todos. Y todas! Nosotras qué?
-Bueno, las pelotas son libres, pueden usarlas, quién te lo impide? Estarían en unos canastos, en esquinas distribuidas al azar cada semana. Entonces, vos llegás a la esquina y, mientras esperás el semáforo, te ponés a hacer jueguitos. Y después por ahí te la llevás un par de cuadras y vas haciendo pases con alguno o le tirás centros a los que esperan el colectivo. Cuando llegás a destino, la dejás en el canasto o se la dejás a otro.
- Pero el tránsito sería un despelote. Además, romperían todos los vidrios. Se cagarían a trompadas cada dos por tres.
- Y, no sé, yo pensaría que si en lugar de ir al laburo puteando por la cantidad de autos voy en colectivo y me hago cinco o seis cuadras jugando a la pelota..
-Qué te hacés el misterioso?
-No me hago el misterioso.
-Si, te hacés el misterioso. Y te sale mal. Ves? Esa cara es. Te crees que estás diciendo algo genial y es una tremenda pelotudez.
-Además, si los tipos andan por ahí jugando a la pelota no tendrían problemas de salir en tetas si quisieran, porque no les van a dar pelota. De esa forma se terminan los piropos que tanto te molestan. Y el temita del soutien.
-No le digas así!
-Bueno! Pero me gusta esa palabra. Es francesa, no? Como lo del mayo francés, lo de los adoquines y la playa.
-Acá debería estar la playa, cruzando la 72. Desde acá tendríamos una vista priviliegiada. O no, Menotteinstein?
-Bajamos?
-Sos lindo cuando te enojás.
-Hacemos la de Alterio otra vez? Dame la mano.
-Dale. Pero no te acerques mucho al borde.
-Vení, vamos para este lado. Acá nomás. Estás? Dale. 1, 2...






jueves, 21 de agosto de 2014

iutorreng

Al final de cuentas, la tarde se había perdido. Seguía siendo domingo por donde se lo mire. Y yo estaba con el tobillo inflamado -presunto esguince- por una torcedura ridícula en el partido de la mañana. Así que encontrar excusas para violar la reglamentación del consorcio e ingresar con bebidas alcohólicas después de las siete de la tarde no era una tarea costosa.
El problema que tenía es que vivía solo. Sí, por rudo que parezca, en ocasiones así vivir solo es un problema. El pie me dolía bastante si intentaba pisar y mi relación con las enfermedades o las disfunciones temporales de alguna parte mi cuerpo suele ser exagerada, épica, para una tribuna imaginaria, con un nivel de esfuerzo que -ay, si lo enfocara a curarme- le deja poco espacio ram a la practicidad.
Es decir que, en vez de preocuparme por encontrar un método rápido para absorber el vidrio del envase en la billetera y evitar los ojodrones inmobiliarios, me la pasaba haciendo piruetas absurdas y muecas de dolor pintorescas, como en una de karate.
Hasta que me decidí y usé el viejo método de la olla de agua caliente para el envase. Como tardaba cerca de media hora, podía aprovechar el autotorrent para mejorar las chances de bloodbike-no la usaba demasiado porque eran preciadas en el mercado negro- así que me puse manos a la obra, saltando en una pata, para no apoyar el tobillo herido. Cuando se bajó el envase a la billetera ya tenía todo listo para salir al expendedor de cervezas. El más cercano de mi barrio estaba a unas veinte cuadras. Podía hacerlas en 40´ sin problemas ni falta de energía.
Pero antes tenía que pasar por el cajero automático. Los gastos de la enfermería me habían liquidado el efectivo a la mañana. 300 ml de spray y 2,34 gr. de ratisalil a razón de $ 985,00. La saqué barata, pero tenía la billetera vacía.
Salí al pasillo del condominio demostrando mi renguera, ayudado por el apoyo en la bloodbike, rumbo al cajero automático de la 7 con la 42. Los ojodrones sobrevolaban el barrio con bastante libertad: los domingos, los pensamientos suelen estar más dispersos en esta zona de la ciudad, por la simple razón de que nadie quiere venir al centro en su único día de parque.
Así que subí la rampa y allí me bajé la bb con dificultad, y entonces dudé en dejarla ahí afuera o entrarla, con el riesgo de que me multen antes de pupilear y me quede sin plata. La indiferencia de la calle me hizo decidir dejarla ahí, por lo que entré sin ella, con tarjeta en mano y el pie a duras penas.
Calculé al voleo que sólo habría dos o tres posibilidades de que los circuitos de ojodrones, zingaros y autos se combinen dejando el punto ciego del estacionamiento de la bicicleta durante el tiempo que durase mi extracción. Por eso fue que cuando vi al pibe armar su sonrisa de jackpot! desde la vereda de enfrente supe que él había pensado antes en ese mismo cálculo; lo deseó con precisión y estaba a su merced. Yo quise pensar en las probabilidades, pero la operación de sacar plata del cajero me ocupaba el 100% del multitask. Lo único que podía hacer era correr. Y era lo único que no podía hacer. Se dan cuenta? Sólo podría salvar mi histórica bloodbike -salvarla de que la destripasen y le pongan un motorcoin; de que su existencia ya no tenga conexión directa conmigo, si es que lograba agitar el avispero drónico como para encontrarla- corriendo hacia ella y cantando pri. Pero era imposible que lo logre. No podía correr. Supe que el maldito me vio renguear, que vio mi gesto de dolor y que lo midió, que vio el momento en que pupileaba la clave en el cajero y me encontraba siendo el puente de dos proppriv´s. Hijo de boludo!!! me grité cuando lo vi treparse justo y salir. Las alarmas del banco se encendieron y aparecieron dos asistentes sociales que estaban de guardia. Ninguna de las dos era especialista en hijos de boludos pero lograron tranquilizarme. En cuanto logré controlar de nuevo la respiración me di cuenta de que se me había parado el pito y me desmayé de la vergüenza. En la caída, me esguincé la muñeca derecha, que era la que tenía la billetera con el envase absorbido.
Cuando me desperté, la médica estaba ahí. Me estampó la boleta en la cara. Todavía estaba pegándose la tinta fosforescente cuando linkeé que estaba en esa situación porque me habían choreado la bloodbike y entonces entendí que había ganado oro en polvo: tenía una historia para contar, una paleta nueva de colores!
Claro que las médicas la vieron mientras sucedía. En cambio, podía ir a la indivitual y exigir un descuento a cambio de contarles la historia a las grises recepcionistas.


martes, 16 de julio de 2013

Cecilia: la luna de Valencia.

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio”.
Ítalo Calvino



El silbido de la pava la rescató de su cuelgue. Giró velozmente la cabeza hacia la hornalla, con la mirada hacia el piso y el oído buscando hacer foco en la fuente de sonido. De inmediato se levantó de la silla y apagó el fuego. Buscó el mate y volcó la yerba en el tacho de la basura con un movimiento enérgico. Se quedó unos segundos inmóvil, mirando la huerta tras el vidrio de la puerta del patio. Recordó que debía acordarse algo referido a los tomates pero no logró cargar el historial y ser más específica.
Regresó al frente de la notebook con el termo en una mano, el mate en la otra y una galletita en la boca. Había dos mensajes de Andrés en el chat. Cebó un mate y comprobó que, una vez más, había acertado con la temperatura exacta del agua. Celebró por dentro la gracia de ese pequeño triunfo. Amaba dejarse invadir por momentos así, por fugaces cambios de ritmo en el mapa de sus días, como una orfebre incansable en la cartografía de su ternura.  
Sin embargo, el territorio le puso delante un escollo que había intentado olvidar. Se quedó mirando el indicador de su estado de conexión. Solía conectarse en calidad de ausente para no tener que lidiar con conversaciones no queridas. No siempre funcionaba.
  

Andrés esperaba del otro lado de la línea. Habían pasado unos cuantos días a solas, sin saber nada el uno del otro, con el esfuerzo que implica despegarse necesariamente de la telaraña virtual, del resto del mundo, para estar a salvo de una persona.
En esos días su productividad aumentó notoriamente. Se dedicó a completar la producción para el puesto de la feria, ya que en la próxima le tocaba ir a ella. Había formado una pequeña cooperativa de reciclado con dos amigas y ella debía coser a máquina unas bolsas para mandados que hacían con lonas de publicidades viejas. También aprovechó para coordinar con un amigo diseñador que le había prometido darle algunas lonas y así juntó material de trabajo suficiente como para salir de casa lo menos posible.
Decidió dejar que el cursor se aburriera de su intermitencia y que la computadora entre en estado de suspensión, aún si perdiese los nuevos logros al candy crush. Se quedó en silencio, pensando en lo que pensaría Andrés en ese momento. No sabía mentir, pero con el tiempo había aprendido a dejar pasar algunas cosas, a creer que deslizarse oculta entre los contactos, por ejemplo, no era una forma de la mentira. Y si lo era, podía tolerarla, podía convivir con el peso de una indefinida culpa al momento de tomar la decisión, y luego seguir adelante.
Cerró la computadora y enfiló rumbo al patio. Amagó abrir la puerta, pero se quedó del lado de adentro, mirando la tarde gris y fría que ocupaba la vista frente a sus ojos. Entonces sonó el celular. Lo primero que pensó fue que Andrés la estaría llamando. Se fastidió. Miraba el aparatito que había dejado de vibrar y ahora dejaba visible la titilante lucecita roja. Pero antes de maldecir por maldecir, fue a chequear el mensaje.
“Hola, soy Lau, de El Manijazo, por favor confirmen su presencia en el micro. Sale a las 19:30 hs desde Plaza Italia. Muchas gracias!!”
  

            Cuando subió al ómnibus eligió ubicarse en el medio, era su lugar favorito para viajar. En la parte de atrás estaban los chicos de un grupo de percusión, que intentaban animar a toda la concurrencia con cánticos y espirituosidades varias. Los conocía de vista, le caían bien. La zona de adelante estaba copada por integrantes de una cuerda de candombe. Casi todos en el colectivo eran conocidos entre sí; casi todos provenían de diferentes espacios.
            A su lado se sentó Miss Flores, un gurú del autocultivo al que apodaban así porque cada vez que alguien le ofrecía una pitada respondía: “Te agradezco, no es nada personal, es que sólo me gusta fumar mis flores”.
Le cayó bien. Hablaba poco y parecía saber escuchar. Diez años atrás la seducía la palabra, podía embelesarse durante horas oyendo intelectuales jipis que hilaban temporadas de acampe en El Bolsón con el nervio firme de la cámara de Cassavetes.  Todo era nuevo y, de alguna manera, buscaba un espejo, el reflejo en el aire de las mismas cosas que pensaba y que no siempre le interesaba exteriorizar. Así se enganchó con Andrés y el carácter inmutable del reflejo que éste le proponía acabó por estallar en miles de fragmentos de esnobismo y vacuidad. Su palabra ya no significaba nada para ella o, mejor dicho, ya no se conformaba con el signo que formaban juntos.
            Andrés no se había desviado, no era él quien se había deformado, sino lo contrario: pretendía mantener el haz de luz constante, buscando iluminar las zonas compartidas cuyos lazos estaban rotos. Cecilia entendió que no se podía forzar el orden de dos trayectorias que apuntaban a diferentes destinos.  Se vio a sí misma como una moneda  que, por un azar de insignificancia aparente, cae de la misma cara una serie sucesiva de veces.  Junto a ella, Andrés, y el mismo azar, la misma cara compartiendo el viaje, como dos surfistas que remontan una ola al mismo tiempo. Pensó que tal vez algo así sucede con la mayoría de las relaciones que entablamos a lo largo de nuestra vida; existencias diseminadas al azar que coinciden un trecho de recorrido, hasta que la racha cambia, la onda marina baña la playa y acaba con los castillos de los niños y los poemas escritos con una ramita. Se va lo que se va, y así.
            Y en ese andar errático, su trayectoria en este momento cruza la autopista rumbo a Buenos Aires, en un ómnibus que la lleva, junto a varias decenas de personas, a un recital en el Almagro Tango Club.


             Cuando aterrizó el colectivo, la mayoría de sus ocupantes bajaron apresurados al baño. Otros se quedaron fumando en la vereda, mirando las plantas que colgaban de algunos balcones, como selvas privadas; macetas aferradas al alambre de esas pajareras humanas que tiñen algunos edificios.
            Al poco tiempo, el salón estaba lleno. Las mesas fueron ocupadas por grandes grupos. Cecilia se sentó junto a los amigos de Miss Flores, pidieron empanadas y cervezas y se quedó mirando el escenario. Los instrumentos estaban dispuestos para la función. De la pared del fondo colgaban varias sogas con ropa tendida. Miró esa inmutable escenografía y pensó en sus abuelos. De inmediato linkeó a una foto que gobernaba el living donde pasaba las tardes de verano en el campo.
            Era en un patio enorme, donde una familia completa posaba para la cámara. Los mayores lucían orgullosos sus ropas de domingo y se enfrentaron a la posteridad con la solemnidad que exigía la contratación del fotógrafo. Ocupaban el vano de una puerta, sobre la cual se veían colgando las ropas que habían dejado en la baranda los habitantes de la planta alta.
            Pensó que nunca había preguntado quiénes eran todos esos que habían posado en un mosaico de tiempo de cien años atrás. No tuvo tiempo para pensar mucho más, porque en ese momento salieron los músicos a escena.
            Luego de superar algunos inconvenientes con el sonido –unos minutos que fueron apropiados para aquellos que no habían terminado de comer- la máquina sonora comenzó su raíd danzante.
            Aparecieron relajados y atentos, dispuestos a ganarse el desembarco, su íntimo Normandía entre amigos y desconocidos. Alquimistas de conventillo, de pulóver de llama y rítmicas balcánicas. Cecilia cayó presa de la potente conjunción festiva que la despegaba del suelo. Suenan a ropa colgada, pensó, a vida, a trapo sucio de revolcarse en el potrero o de rodar barranca abajo con los amigos.
           

Recibió un brazo en el suyo que la invitaba a girar y se dejó llevar. Cerró los ojos y se apartó apenas del grupo que bailaba entonado. Desde los pies comenzó a subirle un cosquilleo parecido al amor, como si estuviera adormeciéndose. No hizo nada para detenerlo y dejó que la vibración se apodere de su cuerpo. De pronto, la maraña de palabras que la atosigaba permanentemente pareció desaparecer para fundirse a los pies, a las rodillas y a los brazos que se agitaban como si nadie estuviera mirando.
Todo lo que no era ella flotaba en un sopor agradable y, de un modo análogo a cuando solían sacarla a bailar tomándola de la mano, el violín la llevó a recorrer el salón, a recorrer la historia de la madera en la que había sido tallado el instrumento. Como si pudiese nutrirse de la misma esencia de ese árbol que alguna vez pasó largas temporadas a la intemperie, anidando pájaros y música.
Abrió los ojos y buscó de inmediato a Miss Flores, que le guiñó un ojo desde la mesa, en un gesto inmenso y fraternal. Se sintió feliz; sintió que entendía a alguien. Su manera de agradecer fue dar rienda suelta a su cuerpo en danza. Había olvidado cuánto le gustaba bailar. Ante la arremetida skatanguera, dejó que su cuerpo fuese puro cartílago, sin estructura ósea que le impidiese ocupar cualquier rincón del espacio ni desarmarse.
            Al poco tiempo, la melancolía festiva que irradiaba desde el escenario la llevó a reírse de sí misma, a abrazarse al resto de la tropa bailarina en un ritual griego sin platos rotos, rebosante de risas y pasos alocados en el aire. Sintió la comunión con el escenario, con la ametralladora de la batería y el bajo y las diferentes asociaciones vertiginosas del cuerpo de melódicos; guirnaldas invisibles capaces de iluminar más allá del aquí y ahora en el que existen y permanecer anidadas en el interior de los que se dejan invadir por las filosas notas manijeantes.

            Así se sintió después del concierto. Después de los abrazos de felicitaciones a los músicos, de la puesta en común de un movimiento infernal que unía a los presentes por sobre la línea de flotación de sus sentidos, algunos salieron a la calle a fumar un cigarrillo o a tomar un poco de aire. Cecilia bajó entre los últimos, cuando ya se sabía el paradero del colectivo que los llevaría de regreso y hacia allí enfilaron todos, más animados que cuando llegaron.
            Una vez sentada en el ómnibus, buscó los auriculares en el morral y se dejó caer en una cápsula reconfortante ("un poco de indulgencia / la luna de Valencia"). Poco importaba que al día siguiente tuviese que madrugar para hacer cosas de la cooperativa. Estaba radiante y serena. Repasó los ecos de la noche que iban fijándose en su piel, en su memoria, como los anillos de un árbol en el interior del tronco; ecos de un infierno encantador, absorbidos con la prestancia que brindan los amigos, como una poción mágica que se asienta dentro suyo en el momento en que las cosas suelen durar para siempre: el momento de volver a casa.  

martes, 19 de febrero de 2013

Una temporada en el camino


Yo nunca pedí lo que vos me diste.
Pero bueno, yo aprendí lo que me diste.
Vos nunca pediste lo que yo te di
Y está bien así para mí.
Martín Buscaglia


Ana es de esa clase de mujer que sabe lo que genera, pero que –al mismo tiempo- disimula su propia conciencia. Relativiza su belleza aunque sepa cómo usarla. Cuando camina, con esa gracia singular que le imprimió la danza clásica en su infancia (los pies en diez y diez; el bamboleo leve, como de junco; el casi flotar con el que acorta distancias) todo lo que no es ella le hace espacio, la hace durar. Cuando sonríe y mira hacia un costado deja ver que en el fondo es, también, de esa clase de mujer que sólo quiere que la dejen en paz.
Y quiere que la dejen en paz, intuyo, porque percibe que las formas dadas del mundo que conocemos quieren moldearla. Su indocilidad se debe a que en ella misma conviven formas que no encontrarían la manera de amoldarse a la rigidez de lo cotidiano. Es como si estuviese un poco más allá, como si hubiese roto sus cadenas singulares y nos mirase a todos, con ternura y tristeza, sin poder dejarnos ir pero sin poder ayudarnos.
Supongo que desde resquicios individuales, hay alguna parte del mundo que nos duele a todos por igual. El dolor es inherente a la vida. Pretender negarlo es pretender negar una parte esencial de la vida. A ella le duele que no la dejen irse, que la reclamen en la mesa, que no la puedan seguir. Su sueño, según acaba de contarme, es viajar. Es decir: salir al mundo. Lo que en ella significa que la acepten, que la dejen en paz cuando va por ahí sin grilletes en los tobillos.
Como dije, hace un rato me contó que su sueño es salir de viaje. Mientras hablaba, la música de sus palabras iba llenando el aire sobre la mesa de la cocina y el brillo de sus ojos tenía un halo único, de esos que producen el efecto de visualizar lo que ella misma está contando, sentada con una pierna sobre la silla, casi inmóvil, en la postura casi opuesta de lo que sus ojos anunciaban.
En ese reflejo se la podía ver de pie sobre un paisaje cualquiera, al costado de cualquier camino, con el equipaje sobre sus hombros, repartido en dos mochilas y una sonrisa de cansancio satisfecho. Acaso, la satisfacción de cumplir con el llamado del cielo, el llamado del camino.
La conocí una noche de febrero, en una fiesta en la que tocaba la Delio Valdez, una monumental banda de cumbia colombiana. Llevaba una pollera larga, blanca con lunares de varios colores y una remera negra que dejaba al descubierto gran parte de su espalda. Era la primera gran fiesta del año y todos en la ciudad estaban rencontrándose luego de las vacaciones. Había una energía especial en el ambiente, una espiral chispeante de promesas y carcajadas: la gran familia del Meridiano Five estaba de nuevo en el ruedo.
Me tomó un buen rato acercarme a hablarle, sufro de cierta timidez congénita. Para hacerlo, para romper esa barrera, me apropié del concepto “the opposite”, de George Constanza, quien, en un memorable capítulo de Seinfeld, decide hacer exactamente lo opuesto a lo que su instinto le ha dicho siempre. Así lo hice y así ingresó ella en el relato de mi vida, con esa clase de mística. Gracias, George.
 Cuando giró hacia mí y aceptó el diálogo supe que sólo tenía que mantenerme en pie y no echar a perder el momento. Sólo debía transitar la fugacidad de la flecha en el aire.  Nos sentamos a conversar bajo la ventana de una de las salas de exposición, mientras a nuestro alrededor se formaba corro para fumar y una hilera de chicas esperaba su turno para el baño.
Recuerdo vagamente algunos tópicos de la conversación, creo que mi memoria se ha vuelto principalmente visual, supongo que influenciada por la calidez de su sonrisa y su mirada de ojos entrecerrados. Recuerdo observarla mirar en lontananza y hacer un leve gesto de negación con la cabeza. Recuerdo verla de pie, en el descanso de la escalera, esperando para irnos caminando bajo un cielo regado de estrellas. Recuerdo caminar junto a ella mientras las piezas de un rompecabezas inasible iban encajando para que nuestro encuentro se concrete; esa clase de casualidades que se organizan para que algo nuevo suceda, cuando, simplemente, podríamos haber pasado de largo.
Sin embargo, no fue así y una serie de migraciones ancestrales y propias nos llevaron a coincidir en tiempo y espacio. Como ahora, que está a mi lado a punto de dormirse, mientras algunas partes de su cuerpo van llevándola al sueño, con delicados estremecimientos, hacia un territorio sólo suyo, hacia algún camino que irá contruyendo de a poco, iluminando a quien encuentre a su vera y siguiendo viaje, temporada tras temporada. Dulce, simple y misteriosa. Como su belleza, como el mundo que inventa bajo sus pies.

jueves, 13 de diciembre de 2012

El día antes

Te me pones cuántica; 
estás aquí y estás allá.
Kiko Veneno
Hace un rato llegué del psicólogo. Me fue excelente, según él. Nunca logro descifrar del todo qué quiere decir con ese excelente. Es probable que tengamos concepciones diferentes de la evaluación. Quiero decir: por lo general, cuando le otorgo a algo la definición de excelente pienso en otra cosa, en algo de otra naturaleza. No en esto.
Esto: un cielo que se va oscureciendo tras la ventana, mientras las plantas de la medianera flamean por el viento y el 307 chirría al doblar la esquina. Y yo, claro. Metido en la cama, pensando en si levantarme para preparar mate y ya quedarme levantado o volverme a hibernar, a rellenar otro fin de siesta sin mano en teta.
Fuera de las sábanas, el sonido del atardecer se parece demasiado al recuerdo que tengo de Laura.
De vez en cuando, con los colores de la tardecita pienso en ella. Pienso, sobre todo, en una discusión tonta con ella. A la distancia, la mayoría de las discusiones resultan tontas. Uno mismo resulta tonto a la distancia. Basta con mirar fotos de algunos años atrás y descubrir que usábamos ese corte de pelo; esa ropa. Ahora nos causa gracia, claro, pero en su momento éramos capaces de defender a muerte las patillas o los pantalones de franela. Cómo te iban a venir a decir que ya nadie se vestía así desde los setenta. Pero era imposible vestirte de otra forma si habías leído un libro de Galeano de más y militabas en incontados productos culturales. A simple vista, era una decantación natural.
Tanto como la solemnidad que motorizaba las pequeñas epopeyas íntimas. Esa defensa acérrima de lo que había que defender. Aún en contra del gusto propio. Recuerdo, por ejemplo, haber defendido a capa y espada al Cuarteto Cedrón, sólo porque el Tata había sido amigo de Cortázar. Laura lo odiaba y yo -a pesar de mi gusto- lo bancaba. Hace poco estaba ordenando unos discos y encontré la edición doble de Página/12. Al ver el nombre en el lomo de la caja, se produjo un rearmado instantáneo en mi estantería mental: pasó a ocupar el lugar de los caramelo media hora en el kiosco de la música.
Ese mismo gusto -el de los media hora; el de la visita a esa tía con bigotes y garfios caza cachetes- es el que me deja el recuerdo de aquella discusión con Laura en un camping de Mar Azul. Laura es de pocas palabras, pero de esas que apuntan directo al cuerpo. En oposición a mi condición filial, ella es hermana mayor, lo que presupone una diferencia sustancial en el historial de discusiones ganadas y perdidas. Discutir con ella era como entrar a una ciudad de post-guerra cubierto con el chaleco antibalas de la pretensión, inútil ante la invisible francotiradora de sarcasmos. Y se sabe que el indefenso suele creer legítimo el derecho de ser más cruel. Como dice Kureishi, herir a alguien es un acto de involuntaria intimidad.
Como también puede ser involuntaria la recurrencia de ciertos recuerdos. El problema de la vida, dice Spinoza, es que se la vive para adelante pero se la entiende para atrás. Así, entonces, me suelo encontrar buceando colores oxidados y virulencias varias que quedaron en el camino, algo así como un back-up con el antivirus vencido.
¿Es fácil precisar qué lugar ocupan las personas que amamos? ¿Es necesario? De pronto la intimidad es una puerta cerrada, una mirada rápida al piso; su cara de hacer sociales. Y en el reverso está el espejo deformante del tiempo y la condición de posibilidad. ¿Hace falta volver a golpear esa puerta? Quizá no, pero suele colarse luz por alguna hendija. Como se cuela ese sabor a cortina metálica que tiene el hecho de encontrar, en la bandeja de entrada, el correo de la agencia Púlsar con el panorama del día. El título ya sugiere la lejanía, la mirada panorámica de lo que ya se fue.
De ese panorama la mitad de las noticias está habitada, generalmente, por campesinos asesinados en algún lugar de Centroamérica o por grupos de desplazados que gritan -a oídos poderosamente sordos- que les devuelvan lo que les corresponde. La otra mitad del panorama refleja los avances en las investigaciones de hechos similares, ocurridos anteriormente.
Una mitad avanza, la otra mitad la queda. Algo parecido a nosotros: amor no es cómo nos tratamos. 
Ahora ya es de noche. No hay caso: el atardecer y Laura hacen buen maridaje; mi propio tour mágico y misterioso. Lo que queda es el lado B del primer plan. Mis dosmil llevarán su nombre, como un mantra -en mil idiomas- hasta que pierda su significado. Involuntario, íntimo y consistente. Como cualquier otro paseo.



martes, 9 de octubre de 2012

VHMS

Carta abierta en sobre cerrado de Víctor Hugo Morales Solá -el periodista más contradictorio del mundo- sobre el regreso de Lanata:

Querido, apreciado y estimado Jorge: 
                                                     Te odio. 
                                                      En estos días donde no se aceptan las medias tintas, tuve que comprar cartuchos truchos para la impresora, porque los originales están vedados a la importación . Así, puedo imprimir esta carta que sólo te enviaré por mail.
                                                      Supe que tuviste problemas para salir de Venezuela, esa pequeña Venecia donde arrecia una dictadura tan implacable como elegida por el pueblo, que sostuvo con el 54 % de los votos (los números no son casuales, Jorge, bien lo sabés, por algo tu revista XXI no se llama CCCP-LXIIVVV)
                                                     Te cuento que no pasé por Ezeiza porque tuve que ir a buscar en remis a Ricardito ALfonsín a Aerpoarque. Un talentoso, Ricardito, lo sabés. El más inútil de todos los dirigentes de la centenaria y nueva UCR. El pobre leyó la consigna de "LANATA VUELVE CUANDO SE LE CANTEN LAS PELOTAS" y estaba esperando el Pepsi Music, el gran festival de rock -esa música foránea que más nos representa en la construcción de nuestra identidad más genuina- que no le hace sombra al de Coca-Cola, aunque digan que si las tomás frías, son igualitas. 
                                                      Está claro que los que dicen eso son acérrimos Chavistas, propulsores de la igualdad, porque todos sabemos que -yo recien me entero- el segundo apellido del dictador del 54 % de la fiesta democrática es, precisamente, Frías. Y entonces, sí, son igualitas. Pero no te dejes engañar, nadie quiere hacerlo. Engañarte, digo. Porque para engañarte hay que estar casado y hay muchos periodistas que recién se están comprometiendo. Eso es algo que me llena de orgullo, ver el periodismo en el paroxismo de la inocua participación política, utilizando la pasión como instrumento razonable para cambiar el rumbo del país. Pobres ilusos! 
                                                      También te cuento que los jóvenes de "La Van der Koy" terminaron la bandera más grande del mundo referida a una agrupación política, del tamaño de una Van.
                                                      En fin, Jorge, estoy muy contento de que puedas regresar sano y salvo, no sabés la bronca que me da. Te mando un abrazo y un racimo de puteadas caribeñas. 
                                                      Por un periodismo puro y diluible, corrosivo como el jugo Swing y ácido como un chicle Puajj!

                                                      Siempre tuyo, el inalcanzable Víctor Hugo Morales Solá.