Al final de cuentas, la tarde se había perdido. Seguía siendo domingo por donde se lo mire. Y yo estaba con el tobillo inflamado -presunto esguince- por una torcedura ridícula en el partido de la mañana. Así que encontrar excusas para violar la reglamentación del consorcio e ingresar con bebidas alcohólicas después de las siete de la tarde no era una tarea costosa.
El problema que tenía es que vivía solo. Sí, por rudo que parezca, en ocasiones así vivir solo es un problema. El pie me dolía bastante si intentaba pisar y mi relación con las enfermedades o las disfunciones temporales de alguna parte mi cuerpo suele ser exagerada, épica, para una tribuna imaginaria, con un nivel de esfuerzo que -ay, si lo enfocara a curarme- le deja poco espacio ram a la practicidad.
Es decir que, en vez de preocuparme por encontrar un método rápido para absorber el vidrio del envase en la billetera y evitar los ojodrones inmobiliarios, me la pasaba haciendo piruetas absurdas y muecas de dolor pintorescas, como en una de karate.
Hasta que me decidí y usé el viejo método de la olla de agua caliente para el envase. Como tardaba cerca de media hora, podía aprovechar el autotorrent para mejorar las chances de bloodbike-no la usaba demasiado porque eran preciadas en el mercado negro- así que me puse manos a la obra, saltando en una pata, para no apoyar el tobillo herido. Cuando se bajó el envase a la billetera ya tenía todo listo para salir al expendedor de cervezas. El más cercano de mi barrio estaba a unas veinte cuadras. Podía hacerlas en 40´ sin problemas ni falta de energía.
Pero antes tenía que pasar por el cajero automático. Los gastos de la enfermería me habían liquidado el efectivo a la mañana. 300 ml de spray y 2,34 gr. de ratisalil a razón de $ 985,00. La saqué barata, pero tenía la billetera vacía.
Salí al pasillo del condominio demostrando mi renguera, ayudado por el apoyo en la bloodbike, rumbo al cajero automático de la 7 con la 42. Los ojodrones sobrevolaban el barrio con bastante libertad: los domingos, los pensamientos suelen estar más dispersos en esta zona de la ciudad, por la simple razón de que nadie quiere venir al centro en su único día de parque.
Así que subí la rampa y allí me bajé la bb con dificultad, y entonces dudé en dejarla ahí afuera o entrarla, con el riesgo de que me multen antes de pupilear y me quede sin plata. La indiferencia de la calle me hizo decidir dejarla ahí, por lo que entré sin ella, con tarjeta en mano y el pie a duras penas.
Calculé al voleo que sólo habría dos o tres posibilidades de que los circuitos de ojodrones, zingaros y autos se combinen dejando el punto ciego del estacionamiento de la bicicleta durante el tiempo que durase mi extracción. Por eso fue que cuando vi al pibe armar su sonrisa de jackpot! desde la vereda de enfrente supe que él había pensado antes en ese mismo cálculo; lo deseó con precisión y estaba a su merced. Yo quise pensar en las probabilidades, pero la operación de sacar plata del cajero me ocupaba el 100% del multitask. Lo único que podía hacer era correr. Y era lo único que no podía hacer. Se dan cuenta? Sólo podría salvar mi histórica bloodbike -salvarla de que la destripasen y le pongan un motorcoin; de que su existencia ya no tenga conexión directa conmigo, si es que lograba agitar el avispero drónico como para encontrarla- corriendo hacia ella y cantando pri. Pero era imposible que lo logre. No podía correr. Supe que el maldito me vio renguear, que vio mi gesto de dolor y que lo midió, que vio el momento en que pupileaba la clave en el cajero y me encontraba siendo el puente de dos proppriv´s. Hijo de boludo!!! me grité cuando lo vi treparse justo y salir. Las alarmas del banco se encendieron y aparecieron dos asistentes sociales que estaban de guardia. Ninguna de las dos era especialista en hijos de boludos pero lograron tranquilizarme. En cuanto logré controlar de nuevo la respiración me di cuenta de que se me había parado el pito y me desmayé de la vergüenza. En la caída, me esguincé la muñeca derecha, que era la que tenía la billetera con el envase absorbido.
Cuando me desperté, la médica estaba ahí. Me estampó la boleta en la cara. Todavía estaba pegándose la tinta fosforescente cuando linkeé que estaba en esa situación porque me habían choreado la bloodbike y entonces entendí que había ganado oro en polvo: tenía una historia para contar, una paleta nueva de colores!
Claro que las médicas la vieron mientras sucedía. En cambio, podía ir a la indivitual y exigir un descuento a cambio de contarles la historia a las grises recepcionistas.
jueves, 21 de agosto de 2014
martes, 16 de julio de 2013
Cecilia: la luna de Valencia.
“El infierno de los vivos no es
algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos
todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La
primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta
el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y
aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del
infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio”.
Ítalo Calvino
El silbido de la pava la rescató de su
cuelgue. Giró velozmente la cabeza hacia la hornalla, con la mirada hacia el
piso y el oído buscando hacer foco en la fuente de sonido. De inmediato se
levantó de la silla y apagó el fuego. Buscó el mate y volcó la yerba en el
tacho de la basura con un movimiento enérgico. Se quedó unos segundos inmóvil,
mirando la huerta tras el vidrio de la puerta del patio. Recordó que debía
acordarse algo referido a los tomates pero no logró cargar el historial y ser
más específica.
Regresó al frente de la notebook con el
termo en una mano, el mate en la otra y una galletita en la boca. Había dos
mensajes de Andrés en el chat. Cebó un mate y comprobó que, una vez más, había
acertado con la temperatura exacta del agua. Celebró por dentro la gracia de
ese pequeño triunfo. Amaba dejarse invadir por momentos así, por fugaces
cambios de ritmo en el mapa de sus días, como una orfebre incansable en la
cartografía de su ternura.
Sin embargo, el territorio le puso
delante un escollo que había intentado olvidar. Se quedó mirando el indicador
de su estado de conexión. Solía conectarse en calidad de ausente para no tener
que lidiar con conversaciones no queridas. No siempre funcionaba.
Andrés esperaba del otro lado de la
línea. Habían pasado unos cuantos días a solas, sin saber nada el uno del otro,
con el esfuerzo que implica despegarse necesariamente de la telaraña virtual,
del resto del mundo, para estar a salvo de una persona.
En esos días su productividad aumentó
notoriamente. Se dedicó a completar la producción para el puesto de la feria,
ya que en la próxima le tocaba ir a ella. Había formado una pequeña cooperativa
de reciclado con dos amigas y ella debía coser a máquina unas bolsas para
mandados que hacían con lonas de publicidades viejas. También aprovechó para
coordinar con un amigo diseñador que le había prometido darle algunas lonas y
así juntó material de trabajo suficiente como para salir de casa lo menos
posible.
Decidió dejar que el cursor se aburriera
de su intermitencia y que la computadora entre en estado de suspensión, aún si
perdiese los nuevos logros al candy crush. Se quedó en silencio, pensando en lo
que pensaría Andrés en ese momento. No sabía mentir, pero con el tiempo había
aprendido a dejar pasar algunas cosas, a creer que deslizarse oculta entre los
contactos, por ejemplo, no era una forma de la mentira. Y si lo era, podía
tolerarla, podía convivir con el peso de una indefinida culpa al momento de
tomar la decisión, y luego seguir adelante.
Cerró la computadora y enfiló rumbo al
patio. Amagó abrir la puerta, pero se quedó del lado de adentro, mirando la
tarde gris y fría que ocupaba la vista frente a sus ojos. Entonces sonó el
celular. Lo primero que pensó fue que Andrés la estaría llamando. Se fastidió.
Miraba el aparatito que había dejado de vibrar y ahora dejaba visible la
titilante lucecita roja. Pero antes de maldecir por maldecir, fue a chequear el
mensaje.
“Hola, soy Lau, de El Manijazo, por
favor confirmen su presencia en el micro. Sale a las 19:30 hs desde Plaza
Italia. Muchas gracias!!”
Cuando
subió al ómnibus eligió ubicarse en el medio, era su lugar favorito para
viajar. En la parte de atrás estaban los chicos de un grupo de percusión, que
intentaban animar a toda la concurrencia con cánticos y espirituosidades
varias. Los conocía de vista, le caían bien. La zona de adelante estaba copada
por integrantes de una cuerda de candombe. Casi todos en el colectivo eran
conocidos entre sí; casi todos provenían de diferentes espacios.
A
su lado se sentó Miss Flores, un gurú del autocultivo al que apodaban así
porque cada vez que alguien le ofrecía una pitada respondía: “Te agradezco, no
es nada personal, es que sólo me gusta fumar mis flores”.
Le cayó bien. Hablaba poco y parecía
saber escuchar. Diez años atrás la seducía la palabra, podía embelesarse
durante horas oyendo intelectuales jipis que hilaban temporadas de acampe en El
Bolsón con el nervio firme de la cámara de Cassavetes. Todo era nuevo y, de alguna manera, buscaba
un espejo, el reflejo en el aire de las mismas cosas que pensaba y que no
siempre le interesaba exteriorizar. Así se enganchó con Andrés y el carácter
inmutable del reflejo que éste le proponía acabó por estallar en miles de
fragmentos de esnobismo y vacuidad. Su palabra ya no significaba nada para ella
o, mejor dicho, ya no se conformaba con el signo que formaban juntos.
Andrés no se había desviado, no era
él quien se había deformado, sino lo contrario: pretendía mantener el haz de
luz constante, buscando iluminar las zonas compartidas cuyos lazos estaban
rotos. Cecilia entendió que no se podía forzar el orden de dos trayectorias que
apuntaban a diferentes destinos. Se vio
a sí misma como una moneda que, por un
azar de insignificancia aparente, cae de la misma cara una serie sucesiva de
veces. Junto a ella, Andrés, y el mismo
azar, la misma cara compartiendo el viaje, como dos surfistas que remontan una
ola al mismo tiempo. Pensó que tal vez algo así sucede con la mayoría de las
relaciones que entablamos a lo largo de nuestra vida; existencias diseminadas
al azar que coinciden un trecho de recorrido, hasta que la racha cambia, la
onda marina baña la playa y acaba con los castillos de los niños y los poemas
escritos con una ramita. Se va lo que se va, y así.
Y en ese andar errático, su
trayectoria en este momento cruza la autopista rumbo a Buenos Aires, en un
ómnibus que la lleva, junto a varias decenas de personas, a un recital en el
Almagro Tango Club.
Cuando aterrizó el colectivo, la
mayoría de sus ocupantes bajaron apresurados al baño. Otros se quedaron fumando
en la vereda, mirando las plantas que colgaban de algunos balcones, como selvas
privadas; macetas aferradas al alambre de esas pajareras humanas que tiñen
algunos edificios.
Al poco tiempo, el salón estaba
lleno. Las mesas fueron ocupadas por grandes grupos. Cecilia se sentó junto a
los amigos de Miss Flores, pidieron empanadas y cervezas y se quedó mirando el
escenario. Los instrumentos estaban dispuestos para la función. De la pared del
fondo colgaban varias sogas con ropa tendida. Miró esa inmutable escenografía y
pensó en sus abuelos. De inmediato linkeó a una foto que gobernaba el living
donde pasaba las tardes de verano en el campo.
Era en un patio enorme, donde una
familia completa posaba para la cámara. Los mayores lucían orgullosos sus ropas
de domingo y se enfrentaron a la posteridad con la solemnidad que exigía la
contratación del fotógrafo. Ocupaban el vano de una puerta, sobre la cual se
veían colgando las ropas que habían dejado en la baranda los habitantes de la
planta alta.
Pensó que nunca había preguntado
quiénes eran todos esos que habían posado en un mosaico de tiempo de cien años
atrás. No tuvo tiempo para pensar mucho más, porque en ese momento salieron los
músicos a escena.
Luego de superar algunos
inconvenientes con el sonido –unos minutos que fueron apropiados para aquellos
que no habían terminado de comer- la máquina sonora comenzó su raíd danzante.
Aparecieron relajados y atentos,
dispuestos a ganarse el desembarco, su íntimo Normandía entre amigos y
desconocidos. Alquimistas de conventillo, de pulóver de llama y rítmicas
balcánicas. Cecilia cayó presa de la potente conjunción festiva que la
despegaba del suelo. Suenan a ropa colgada, pensó, a vida, a trapo sucio de
revolcarse en el potrero o de rodar barranca abajo con los amigos.
Recibió un brazo en el suyo que la
invitaba a girar y se dejó llevar. Cerró los ojos y se apartó apenas del grupo
que bailaba entonado. Desde los pies comenzó a subirle un cosquilleo parecido
al amor, como si estuviera adormeciéndose. No hizo nada para detenerlo y dejó
que la vibración se apodere de su cuerpo. De pronto, la maraña de palabras que
la atosigaba permanentemente pareció desaparecer para fundirse a los pies, a
las rodillas y a los brazos que se agitaban como si nadie estuviera mirando.
Todo lo que no era ella flotaba en un
sopor agradable y, de un modo análogo a cuando solían sacarla a bailar tomándola
de la mano, el violín la llevó a recorrer el salón, a recorrer la historia de
la madera en la que había sido tallado el instrumento. Como si pudiese nutrirse
de la misma esencia de ese árbol que alguna vez pasó largas temporadas a la
intemperie, anidando pájaros y música.
Abrió los ojos y buscó de inmediato a
Miss Flores, que le guiñó un ojo desde la mesa, en un gesto inmenso y
fraternal. Se sintió feliz; sintió que entendía a alguien. Su manera de
agradecer fue dar rienda suelta a su cuerpo en danza. Había olvidado cuánto le
gustaba bailar. Ante la arremetida skatanguera, dejó que su cuerpo fuese puro
cartílago, sin estructura ósea que le impidiese ocupar cualquier rincón del espacio
ni desarmarse.
Al poco tiempo, la melancolía
festiva que irradiaba desde el escenario la llevó a reírse de sí misma, a
abrazarse al resto de la tropa bailarina en un ritual griego sin platos rotos,
rebosante de risas y pasos alocados en el aire. Sintió la comunión con el
escenario, con la ametralladora de la batería y el bajo y las diferentes
asociaciones vertiginosas del cuerpo de melódicos; guirnaldas invisibles
capaces de iluminar más allá del aquí y ahora en el que existen y permanecer
anidadas en el interior de los que se dejan invadir por las filosas notas manijeantes.
Así se sintió después del concierto.
Después de los abrazos de felicitaciones a los músicos, de la puesta en común
de un movimiento infernal que unía a los presentes por sobre la línea de flotación de sus sentidos, algunos salieron a la calle a fumar un cigarrillo o a tomar un poco de aire. Cecilia bajó entre los últimos, cuando ya se sabía el paradero del colectivo que los llevaría de regreso y hacia allí enfilaron todos, más animados que cuando llegaron.
Una vez sentada en el ómnibus, buscó los auriculares en el morral y se dejó caer en una cápsula reconfortante ("un poco de indulgencia / la luna de Valencia"). Poco importaba que al día siguiente tuviese que madrugar para hacer cosas de la cooperativa. Estaba radiante y serena. Repasó los ecos de la noche que iban fijándose en su piel, en su memoria, como los anillos de un árbol en el interior del tronco; ecos de un infierno encantador, absorbidos con la prestancia que brindan los amigos, como una poción mágica que se asienta dentro suyo en el momento en que las cosas suelen durar para siempre: el momento de volver a casa.
martes, 19 de febrero de 2013
Una temporada en el camino
Yo nunca pedí lo que vos me diste.
Pero bueno, yo aprendí lo que me diste.
Vos nunca pediste lo que yo te di
Y está bien así para mí.
Martín
Buscaglia
Ana es de esa
clase de mujer que sabe lo que genera, pero que –al mismo tiempo- disimula su
propia conciencia. Relativiza su belleza aunque sepa cómo usarla. Cuando
camina, con esa gracia singular que le imprimió la danza clásica en su infancia
(los pies en diez y diez; el bamboleo leve, como de junco; el casi flotar con
el que acorta distancias) todo lo que no es ella le hace espacio, la hace
durar. Cuando sonríe y mira hacia un costado deja ver que en el fondo es,
también, de esa clase de mujer que sólo quiere que la dejen en paz.
Y quiere que la
dejen en paz, intuyo, porque percibe que las formas dadas del mundo que
conocemos quieren moldearla. Su indocilidad se debe a que en ella misma conviven
formas que no encontrarían la manera de amoldarse a la rigidez de lo cotidiano.
Es como si estuviese un poco más allá, como si hubiese roto sus cadenas
singulares y nos mirase a todos, con ternura y tristeza, sin poder dejarnos ir
pero sin poder ayudarnos.
Supongo que
desde resquicios individuales, hay alguna parte del mundo que nos duele a todos
por igual. El dolor es inherente a la vida. Pretender negarlo es pretender
negar una parte esencial de la vida. A ella le duele que no la dejen irse, que
la reclamen en la mesa, que no la puedan seguir. Su sueño, según acaba de
contarme, es viajar. Es decir: salir al mundo. Lo que en ella significa que la
acepten, que la dejen en paz cuando va por ahí sin grilletes en los tobillos.
Como dije, hace
un rato me contó que su sueño es salir de viaje. Mientras hablaba, la música de
sus palabras iba llenando el aire sobre la mesa de la cocina y el brillo de sus
ojos tenía un halo único, de esos que producen el efecto de visualizar lo que
ella misma está contando, sentada con una pierna sobre la silla, casi inmóvil,
en la postura casi opuesta de lo que sus ojos anunciaban.
En ese reflejo
se la podía ver de pie sobre un paisaje cualquiera, al costado de cualquier
camino, con el equipaje sobre sus hombros, repartido en dos mochilas y una
sonrisa de cansancio satisfecho. Acaso, la satisfacción de cumplir con el
llamado del cielo, el llamado del
camino.
La conocí una
noche de febrero, en una fiesta en la que tocaba la Delio Valdez, una
monumental banda de cumbia colombiana. Llevaba una pollera larga, blanca con
lunares de varios colores y una remera negra que dejaba al descubierto gran
parte de su espalda. Era la primera gran fiesta del año y todos en la ciudad
estaban rencontrándose luego de las vacaciones. Había una energía especial en
el ambiente, una espiral chispeante de promesas y carcajadas: la gran familia
del Meridiano Five estaba de nuevo en el ruedo.
Me tomó un buen
rato acercarme a hablarle, sufro de cierta timidez congénita. Para hacerlo,
para romper esa barrera, me apropié del concepto “the opposite”, de George
Constanza, quien, en un memorable capítulo de Seinfeld, decide hacer
exactamente lo opuesto a lo que su instinto le ha dicho siempre. Así lo hice y
así ingresó ella en el relato de mi vida, con esa clase de mística. Gracias,
George.
Cuando giró hacia mí y aceptó el diálogo supe
que sólo tenía que mantenerme en pie y no echar a perder el momento. Sólo debía
transitar la fugacidad de la flecha en el aire. Nos sentamos a conversar bajo la ventana de
una de las salas de exposición, mientras a nuestro alrededor se formaba corro
para fumar y una hilera de chicas esperaba su turno para el baño.
Recuerdo
vagamente algunos tópicos de la conversación, creo que mi memoria se ha vuelto
principalmente visual, supongo que influenciada por la calidez de su sonrisa y su mirada de ojos entrecerrados. Recuerdo observarla mirar en lontananza y hacer un leve gesto de negación con la cabeza. Recuerdo verla de pie, en el descanso de la escalera, esperando para irnos caminando bajo un cielo regado de estrellas. Recuerdo caminar junto a ella mientras las piezas de un rompecabezas inasible iban encajando para que nuestro encuentro se concrete; esa clase de casualidades que se organizan para que algo nuevo suceda, cuando, simplemente, podríamos haber pasado de largo.
Sin embargo, no fue así y una serie de migraciones ancestrales y propias nos llevaron a coincidir en tiempo y espacio. Como ahora, que está a mi lado a punto de dormirse, mientras algunas partes de su cuerpo van llevándola al sueño, con delicados estremecimientos, hacia un territorio sólo suyo, hacia algún camino que irá contruyendo de a poco, iluminando a quien encuentre a su vera y siguiendo viaje, temporada tras temporada. Dulce, simple y misteriosa. Como su belleza, como el mundo que inventa bajo sus pies.
jueves, 13 de diciembre de 2012
El día antes
Te me pones cuántica;
estás aquí y estás allá.
Kiko Veneno
Hace
un rato llegué del psicólogo. Me fue excelente, según él. Nunca logro
descifrar del todo qué quiere decir con ese excelente. Es probable que
tengamos concepciones diferentes de la evaluación. Quiero decir: por lo
general, cuando le otorgo a algo la definición de excelente pienso en
otra cosa, en algo de otra naturaleza. No en esto.Esto: un cielo que se va oscureciendo tras la ventana, mientras las plantas de la medianera flamean por el viento y el 307 chirría al doblar la esquina. Y yo, claro. Metido en la cama, pensando en si levantarme para preparar mate y ya quedarme levantado o volverme a hibernar, a rellenar otro fin de siesta sin mano en teta.
Fuera de las sábanas, el sonido del atardecer se parece demasiado al recuerdo que tengo de Laura.
De vez en cuando, con los colores de la tardecita pienso en ella. Pienso, sobre todo, en una discusión tonta con ella. A la distancia, la mayoría de las discusiones resultan tontas. Uno mismo resulta tonto a la distancia. Basta con mirar fotos de algunos años atrás y descubrir que usábamos ese corte de pelo; esa ropa. Ahora nos causa gracia, claro, pero en su momento éramos capaces de defender a muerte las patillas o los pantalones de franela. Cómo te iban a venir a decir que ya nadie se vestía así desde los setenta. Pero era imposible vestirte de otra forma si habías leído un libro de Galeano de más y militabas en incontados productos culturales. A simple vista, era una decantación natural.
Tanto como la solemnidad que motorizaba las pequeñas epopeyas íntimas. Esa defensa acérrima de lo que había que defender. Aún en contra del gusto propio. Recuerdo, por ejemplo, haber defendido a capa y espada al Cuarteto Cedrón, sólo porque el Tata había sido amigo de Cortázar. Laura lo odiaba y yo -a pesar de mi gusto- lo bancaba. Hace poco estaba ordenando unos discos y encontré la edición doble de Página/12. Al ver el nombre en el lomo de la caja, se produjo un rearmado instantáneo en mi estantería mental: pasó a ocupar el lugar de los caramelo media hora en el kiosco de la música.
Ese mismo gusto -el de los media hora; el de la visita a esa tía con bigotes y garfios caza cachetes- es el que me deja el recuerdo de aquella discusión con Laura en un camping de Mar Azul. Laura es de pocas palabras, pero de esas que apuntan directo al cuerpo. En oposición a mi condición filial, ella es hermana mayor, lo que presupone una diferencia sustancial en el historial de discusiones ganadas y perdidas. Discutir con ella era como entrar a una ciudad de post-guerra cubierto con el chaleco antibalas de la pretensión, inútil ante la invisible francotiradora de sarcasmos. Y se sabe que el indefenso suele creer legítimo el derecho de ser más cruel. Como dice Kureishi, herir a alguien es un acto de involuntaria intimidad.
Como también puede ser involuntaria la recurrencia de ciertos recuerdos. El problema de la vida, dice Spinoza, es que se la vive para adelante pero se la entiende para atrás. Así, entonces, me suelo encontrar buceando colores oxidados y virulencias varias que quedaron en el camino, algo así como un back-up con el antivirus vencido.
¿Es fácil precisar qué lugar ocupan las personas que amamos? ¿Es necesario? De pronto la intimidad es una puerta cerrada, una mirada rápida al piso; su cara de hacer sociales. Y en el reverso está el espejo deformante del tiempo y la condición de posibilidad. ¿Hace falta volver a golpear esa puerta? Quizá no, pero suele colarse luz por alguna hendija. Como se cuela ese sabor a cortina metálica que tiene el hecho de encontrar, en la bandeja de entrada, el correo de la agencia Púlsar con el panorama del día. El título ya sugiere la lejanía, la mirada panorámica de lo que ya se fue.
De ese panorama la mitad de las noticias está habitada, generalmente, por campesinos asesinados en algún lugar de Centroamérica o por grupos de desplazados que gritan -a oídos poderosamente sordos- que les devuelvan lo que les corresponde. La otra mitad del panorama refleja los avances en las investigaciones de hechos similares, ocurridos anteriormente.
Una mitad avanza, la otra mitad la queda. Algo parecido a nosotros: amor no es cómo nos tratamos.
Ahora ya es de noche. No hay caso: el atardecer y Laura hacen buen maridaje; mi propio tour mágico y misterioso. Lo que queda es el lado B del primer plan. Mis dosmil llevarán su nombre, como un mantra -en mil idiomas- hasta que pierda su significado. Involuntario, íntimo y consistente. Como cualquier otro paseo.
martes, 9 de octubre de 2012
VHMS
Carta abierta en sobre cerrado de Víctor Hugo Morales Solá -el periodista más contradictorio del mundo- sobre el regreso de Lanata:
Querido, apreciado y estimado Jorge:
Te odio.
En estos días donde no se aceptan las medias tintas, tuve que comprar cartuchos truchos para la impresora, porque los originales están vedados a la importación . Así, puedo imprimir esta carta que sólo te enviaré por mail.
Supe que tuviste problemas para salir de Venezuela, esa pequeña Venecia donde arrecia una dictadura tan implacable como elegida por el pueblo, que sostuvo con el 54 % de los votos (los números no son casuales, Jorge, bien lo sabés, por algo tu revista XXI no se llama CCCP-LXIIVVV)
Te cuento que no pasé por Ezeiza porque tuve que ir a buscar en remis a Ricardito ALfonsín a Aerpoarque. Un talentoso, Ricardito, lo sabés. El más inútil de todos los dirigentes de la centenaria y nueva UCR. El pobre leyó la consigna de "LANATA VUELVE CUANDO SE LE CANTEN LAS PELOTAS" y estaba esperando el Pepsi Music, el gran festival de rock -esa música foránea que más nos representa en la construcción de nuestra identidad más genuina- que no le hace sombra al de Coca-Cola, aunque digan que si las tomás frías, son igualitas.
Está claro que los que dicen eso son acérrimos Chavistas, propulsores de la igualdad, porque todos sabemos que -yo recien me entero- el segundo apellido del dictador del 54 % de la fiesta democrática es, precisamente, Frías. Y entonces, sí, son igualitas. Pero no te dejes engañar, nadie quiere hacerlo. Engañarte, digo. Porque para engañarte hay que estar casado y hay muchos periodistas que recién se están comprometiendo. Eso es algo que me llena de orgullo, ver el periodismo en el paroxismo de la inocua participación política, utilizando la pasión como instrumento razonable para cambiar el rumbo del país. Pobres ilusos!
También te cuento que los jóvenes de "La Van der Koy" terminaron la bandera más grande del mundo referida a una agrupación política, del tamaño de una Van.
En fin, Jorge, estoy muy contento de que puedas regresar sano y salvo, no sabés la bronca que me da. Te mando un abrazo y un racimo de puteadas caribeñas.
Por un periodismo puro y diluible, corrosivo como el jugo Swing y ácido como un chicle Puajj!
Siempre tuyo, el inalcanzable Víctor Hugo Morales Solá.
Querido, apreciado y estimado Jorge:
Te odio.
En estos días donde no se aceptan las medias tintas, tuve que comprar cartuchos truchos para la impresora, porque los originales están vedados a la importación . Así, puedo imprimir esta carta que sólo te enviaré por mail.
Supe que tuviste problemas para salir de Venezuela, esa pequeña Venecia donde arrecia una dictadura tan implacable como elegida por el pueblo, que sostuvo con el 54 % de los votos (los números no son casuales, Jorge, bien lo sabés, por algo tu revista XXI no se llama CCCP-LXIIVVV)
Te cuento que no pasé por Ezeiza porque tuve que ir a buscar en remis a Ricardito ALfonsín a Aerpoarque. Un talentoso, Ricardito, lo sabés. El más inútil de todos los dirigentes de la centenaria y nueva UCR. El pobre leyó la consigna de "LANATA VUELVE CUANDO SE LE CANTEN LAS PELOTAS" y estaba esperando el Pepsi Music, el gran festival de rock -esa música foránea que más nos representa en la construcción de nuestra identidad más genuina- que no le hace sombra al de Coca-Cola, aunque digan que si las tomás frías, son igualitas.
Está claro que los que dicen eso son acérrimos Chavistas, propulsores de la igualdad, porque todos sabemos que -yo recien me entero- el segundo apellido del dictador del 54 % de la fiesta democrática es, precisamente, Frías. Y entonces, sí, son igualitas. Pero no te dejes engañar, nadie quiere hacerlo. Engañarte, digo. Porque para engañarte hay que estar casado y hay muchos periodistas que recién se están comprometiendo. Eso es algo que me llena de orgullo, ver el periodismo en el paroxismo de la inocua participación política, utilizando la pasión como instrumento razonable para cambiar el rumbo del país. Pobres ilusos!
También te cuento que los jóvenes de "La Van der Koy" terminaron la bandera más grande del mundo referida a una agrupación política, del tamaño de una Van.
En fin, Jorge, estoy muy contento de que puedas regresar sano y salvo, no sabés la bronca que me da. Te mando un abrazo y un racimo de puteadas caribeñas.
Por un periodismo puro y diluible, corrosivo como el jugo Swing y ácido como un chicle Puajj!
Siempre tuyo, el inalcanzable Víctor Hugo Morales Solá.
jueves, 13 de septiembre de 2012
Camiones
A veces imagino que salís a la vereda y que, con un saquito en los hombros y de brazos cruzados, recibís con sencillez los camiones que te envío.
Eso.
Que tengas buen estado de ánimo.
Abrazo.
Eso.
Que tengas buen estado de ánimo.
Abrazo.
martes, 4 de septiembre de 2012
Los bordes del vacío
De lejos llega el ladrido de un perro que se confunde con el rumor de los autos que ,a esta hora, vuelan por la 72. A mi lado hay una guitarra dormida y un televisor apagado. Sobre la mesa, un porta-servilletas de diseño sin rollo, una botella vacía, un cenicero lleno y un frasquito de escarbadientes volcado. Eso es más o menos todo.
Quiero decir: no hace falta agregar más nada para situarse en mi lugar. El viento hace crujir la casa y bailotear las bolsas del patio, mientras sólo parece moverse el motor de la heladera. Cuando se detiene, espero. Cierro los ojos y busco el recuerdo de una risa en particular. Una risa recibida en ocasiones de cruda espontaneidad.
Sin embargo, casi nunca llega. Al menos, no con nitidez: no hay recuerdo más impreciso que el sonoro. Reaparece el contexto, la suma de momentos que lograron esa exhalación de felicidad. Por ejemplo, la lectura -en voz alta- de las reglas de un juego de mesa. Parece tonto, y, sin embargo, no hace falta agregar más nada para que deje de parecerlo. Todos tendemos a reírnos de lo que nos debilita. De esas cosas que, por lo general, nos suele parecer ridículo que nos sucedan. Y las ponemos en juego, precisamente, cuando menos nos conviene.
Esa espontaneidad vulnerable requiere de un otro que la perciba. Pienso que, acaso, esa ausencia de percepción sea la soledad. Pipo dice que la soledad es la de ese que vive en el medio del campo y pasa meses escuchando solamente el ruido de la persiana al chocar contra la pared: "¡miyác!". Yo creo que no es menos cierto que -aún entre paredes pegadas a las de seres que duermen y otros que no- se puede sentir ese "miyác" por dentro, esa persiana que golpea sin que nadie más la escuche en kilómetros a la redonda.
Espero, ahora, que sepan de qué hablo. En el silencio, el recuerdo de una risa es una gubia que talla los bordes del vacío. Una risa así no viene de la nada, eso está claro. En este caso proviene de una mujer. Pero ella es otra historia. Tiempo, por ahora, tenemos de sobra.
Quiero decir: no hace falta agregar más nada para situarse en mi lugar. El viento hace crujir la casa y bailotear las bolsas del patio, mientras sólo parece moverse el motor de la heladera. Cuando se detiene, espero. Cierro los ojos y busco el recuerdo de una risa en particular. Una risa recibida en ocasiones de cruda espontaneidad.
Sin embargo, casi nunca llega. Al menos, no con nitidez: no hay recuerdo más impreciso que el sonoro. Reaparece el contexto, la suma de momentos que lograron esa exhalación de felicidad. Por ejemplo, la lectura -en voz alta- de las reglas de un juego de mesa. Parece tonto, y, sin embargo, no hace falta agregar más nada para que deje de parecerlo. Todos tendemos a reírnos de lo que nos debilita. De esas cosas que, por lo general, nos suele parecer ridículo que nos sucedan. Y las ponemos en juego, precisamente, cuando menos nos conviene.
Esa espontaneidad vulnerable requiere de un otro que la perciba. Pienso que, acaso, esa ausencia de percepción sea la soledad. Pipo dice que la soledad es la de ese que vive en el medio del campo y pasa meses escuchando solamente el ruido de la persiana al chocar contra la pared: "¡miyác!". Yo creo que no es menos cierto que -aún entre paredes pegadas a las de seres que duermen y otros que no- se puede sentir ese "miyác" por dentro, esa persiana que golpea sin que nadie más la escuche en kilómetros a la redonda.
Espero, ahora, que sepan de qué hablo. En el silencio, el recuerdo de una risa es una gubia que talla los bordes del vacío. Una risa así no viene de la nada, eso está claro. En este caso proviene de una mujer. Pero ella es otra historia. Tiempo, por ahora, tenemos de sobra.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)