martes, 4 de septiembre de 2012

Los bordes del vacío

De lejos llega el ladrido de un perro que se confunde con el rumor de los autos que ,a esta hora, vuelan por la 72. A mi lado hay una guitarra dormida y un televisor apagado. Sobre la mesa, un porta-servilletas de diseño sin rollo, una botella vacía, un cenicero lleno y un frasquito de escarbadientes volcado. Eso es más o menos todo.
Quiero decir: no hace falta agregar más nada para situarse en mi lugar. El viento hace crujir la casa y bailotear las bolsas del patio, mientras sólo parece moverse el motor de la heladera. Cuando se detiene, espero. Cierro los ojos y busco el recuerdo de una risa en particular. Una risa recibida en ocasiones de cruda espontaneidad.
Sin embargo, casi nunca llega. Al menos, no con nitidez: no hay recuerdo más impreciso que el sonoro. Reaparece el contexto, la suma de momentos que lograron esa exhalación de felicidad. Por ejemplo, la lectura -en voz alta- de las reglas de un juego de mesa. Parece tonto,  y, sin embargo, no hace falta agregar más nada para que deje de parecerlo. Todos tendemos a reírnos de lo que nos debilita. De esas cosas que, por lo general, nos suele parecer ridículo que nos sucedan. Y las ponemos en juego, precisamente, cuando menos nos conviene.
Esa espontaneidad vulnerable requiere de un otro que la perciba. Pienso que, acaso, esa ausencia de percepción sea la soledad. Pipo dice que la soledad es la de ese que vive en el medio del campo y pasa meses escuchando solamente el ruido de la persiana al chocar contra la pared: "¡miyác!". Yo creo que no es menos cierto que -aún entre paredes pegadas a las de seres que duermen y otros que no- se puede sentir ese "miyác" por dentro, esa persiana que golpea sin que nadie más la escuche en kilómetros a la redonda.
Espero, ahora, que sepan de qué hablo. En el silencio, el recuerdo de una risa es una gubia que talla los bordes del vacío. Una risa así no viene de la nada, eso está claro. En este caso proviene de una mujer. Pero ella es otra historia. Tiempo, por ahora, tenemos de sobra.

lunes, 18 de junio de 2012

Acerca de cumplir 30 años o algo así...




















“Si comprimiese los hechos más relevantes de mi vida
en un solo día, podría parecer un día interesante.”
GEORGE COSTANZA


Desperté envuelto en la sensación de que, tal vez, las existencias no empiecen en el nacimiento. Si tuviera que elegir un momento para darme por nacido, ese momento sería el de esta foto.

No es necesariamente el hito, la efeméride, sino el instante preciso en que mis padres fueron capturados en ese asiento trasero.

La imagen tiene un delicado equilibrio; algo así como un vaso por la mitad, ni medio vacío ni medio lleno. Sonríen a más no poder; están felices, esplendorosos. Exhalan su amor profeso por la aventura que están a punto de emprender. Y, al mismo tiempo, el reverso del manto brillante que ilumina a los invitados a la fiesta se les hace presente en los ojos: el miedo alucinante de no saber hacia dónde carajo irán cuando bajen del coche, tomados de la mano para quedar unidos por la línea de flotación. Confiados, hermosos, valientes.

Mi padre tenía mi edad en el momento de esa foto. Mi madre, unos años menos. Los intuyo aferrados a ceremonias íntimas, únicas. Endebles escudos contra los puñales del tiempo, pero escudos al fin. Refugios hacia los que todos, de un modo u otro, corremos desesperados. A veces están tan cerca que no es fácil verlos; otras veces la puerta está trancada desde adentro y quedamos con la mano en el aire, presos del inútil gesto de tocar timbre para que suene un crudo eco. Pero somos dados a sentarnos en algunos umbrales, persiguiendo la sombra de una intemperie compartida. Ya lo saben: no hay nada mejor que casa.

Por la misma época en que le sacaban la foto a la pareja del auto, hace más de cuarenta años, al otro lado del mundo, Yasunari Kawabata abría todas las llaves de gas de su casa y ponía fin a su vida. Tenía setenta y dos años. A los treinta –la misma edad que mi viejo en la foto, la misma edad que encuentro hoy- escribió País de nieve, donde hay un personaje que es experto en ballet occidental, aunque nunca vio uno en vivo y en directo, -menos por pose que por toma de posición estética-.

Al principio de País de nieve, el protagonista observa el rostro de una muchacha que viaja en el mismo vagón de tren que él. Pero, en lugar de mirarla directamente, prefiere observar el reflejo en la ventanilla. La ve sobreimpresa en el paisaje, como si el hecho de tomar esa distancia de la belleza, le permitiese apreciarla sin sus “accidentes”.

Hay veces en que veo así a las personas que han ido cambiando con las estaciones. Regresan como si estuviesen flotando en la ventanilla de un ómnibus o de un tren en movimiento. Rostros definidos, transparentes e intangibles. Tras de sí, campos verdes, suaves ondulaciones boscosas y la sensación del mar a lo lejos. El mar a cada rato, como una garantía o un antídoto. Calmo, brumoso o bravío, como un colchón sobre el que descansa el irreparable paso del tiempo (“el tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo”, sugiere Kawabata  en Lo bello y lo triste).

Así, en estas tres décadas de flotación, son muchas las certezas que se ha llevado la corriente o que han quedado estancadas entre ramajes escondidos cerca de alguna orilla. Creo que lo único que pude aprender de esos raspones es que siempre habrá lugar para uno más. De un lado y de otro. Es decir, tanto desde la tela rasgada como desde la uña que la atraviesa. Como dice Kureishi, “herir  a alguien es un acto de involuntaria intimidad”.

Y la intimidad puede ser una construcción muy atractiva usando el otro lado del ladrillo. Sobre todo si, afuera, el faro nos da la espalda y la tormenta parece caérsenos encima -adiós paraguas, adiós…demasiado tarde para recordar dónde lo hemos dejado; los días previos- hasta que, de pronto, se la lleva el mar. O el viento sur, como el que hoy besa mi frente y despeja el cielo: la frialdad cristalina del reposo bajo la luz oblicua del invierno.

Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad, la luz de unas cuantas velas clavadas sobre un pastel, es derrotada por una ráfaga que oscurece la habitación por un momento. En el aire, flotando junto al olor a cera, unas partículas brillantes bailan durante unos segundos y luego desaparecen. Como las estrellas muertas, cuyo fuego aún nos ilumina, atravesando, en su loca carrera hacia nuestros ojos, miles y miles de años luz de distancia. Como el amor.

Porque en eso estamos, creo, casi todos,- como mi padre, como Kawabata- hilando el relato del amor, esa misteriosa forma que toman las respuestas cuando no hay preguntas que responder; la militancia errática e inevitable tras la Línea Maginot.

En fin, hoy me toca. Cumplir 30 (treinta) años, celebrar el círculo y la red -los nudos que nos rescatan del vacío- con una sola creencia irreductible: lo que amamos nos cambia. El resto pueden imaginarlo. O no.


viernes, 2 de marzo de 2012

Meridiano era una fiesta


Caen los últimos rayos de febrero y la delicada cuchilla del domingo, ese no-día, esa grieta desbocada entre el sábado y el lunes comienza a ocupar el horizonte, plegada a eso que el amigo Omar Crespo llama "me escribo encima".
Entonces, es domingo de tarde y me escribo encima.
La moza de Ocampos me mira con tierno fastidio cuando le pido una lapicera y una hoja. Otro más que viene a jugar a Hemingway, piensa mientras seca algunas copas.
Es que la vieja esquina invita, como si hubiese una cabina telefónica invisible a la que llaman los fantasmas.
Así que decido atender.
Y jugar a Hemingway. Mientras el semi círculo del cordón de la vereda es vestido por las camareras con las mejores copas y cubiertos posibles sobre las curtidas mesas, en la cocina leva y crepita, humeante, acaso el mejor tostado de la ciudad.
El sol no deja de ser una caricia oblicua como el otoño, como ese tendal de medias, hojas secas y buzos livianos que viene a cerrar un ciclo más y a buscar pañuelitos en el bolso.
Desde adentro, una canción dulzona de Manu Chao flota leve, como si la grabación quisiera salir y fundirse con el terrenal ronroneo de los autos que pasan adormilados por los adoquines de 71.
Mientras tanto, en una de las mesas, el viento se empecina en hacer bailar las servilletas y llevarse las migas que escapan a mis dentelladas y huyen hacia las baldosas y los picos de los gorriones.
El sandwich consiste en dos rodajas de pan de campo, envueltas en una corteza del color del tabaco, -del color de la piel de esa chica que pasa con todo el verano encima y un pañuelo de colores sosteniendole el pelo- sobre la que desborda, implacable, una cantidad imprecisa pero abundante de queso y jamón cocido, lava detenida ante el dique de losa blanca que ha sobrevivido a tantos viajeros.
A mis espaldas, empieza a armarse el rompecabezas dominical del barrio, con campeones en resaca que llevan los tambores flotando hacia el llamado del fuego -ese que crece en 12 y 71-, el parche ahora soso y palpitante, voraz, de su dosis de sangre semanal, recortado en viaje sobre el mural del Galpón de la Grieta.
Una grieta como el roce con el tiempo que tiene el último mordisco. Una fracción de corteza con la forma de alguna provincia, de algún país, quién sabe, pero seguramente tallada, minuciosamente, por la Orden de los Cartógrafos Ciegos.
Entonces, sólo queda cerrar los ojos y morder, sentir el tenue esparcimiento de las migas dentro de la jaula de dientes y dejar poco a poco surgir ese sabor sepia y tibio que empalma con los ladrillos de barro que han visto pasar a todas las esquinas que yacen bajo esta en la que estoy jugando y el sol se rinde tras la escuela y se recambian los comensales y, ahora sí, después de la propina pertinente, buenas tardes, buen provecho. Game over.

martes, 17 de enero de 2012

Ese asunto de la ventana

   Como no tenía el hábito de irme vacaciones, las primeras en las que hice un viaje con Lore dejé que fuera ella quien se encargara de planificar y proponer destinos e hiciese un uso eficaz de su experiencia en el tema. Al principio se encantó con la idea  y solía aparecer con revistas o suplementos de turismo y me mostraba opciones increíbles mientras dejaba sus clásicas facturas de crema pastelera sobre la mesa.
   Pero con el correr de los días y la cercanía del fin de año, lo que fue un arrebato de libertad y conducción se convirtió en un espacio de reclamo por falta de apoyo y confinamiento a la soledad heróica. Como siempre, fui el último en enterarme de que habíamos llegado a un suelo ríspido. Una maliciosidad involuntaria, producto menos del desinterés que de la incapacidad de actuar; una serie de desatenciones cotidianas que pulen la intimidad de una pareja con la piedra de la ignominia.
   Así fue que en la urgencia de involucrarme de improviso en una situación con la que hubiera preferido no encontrarme y, al mismo tiempo haciendo el cálculo mental de que la escena podría extenderse y repetirse cada seis meses -linkeé hacia una situación que contenia los mismos patrones: la noche en que terminamos de mudar nuestras cosas y comenzaba nuestra vida juntos, la terrible e innecesaria discusión por cómo acomodar mejor las cosas en el placard-, comenzamos a desmalezar el árbol genealógico del veraneante para quedarnos con dos posibilidades capaces de ser unidas: playa / Uruguay.
   En este momento es donde se acotan también las referencias de amigos y conocidos, se produce un embudo de conocedores del ambiente y consultantes. La muestra de la recolección de información quizá no fue demasiado representativa pero al menos todos los testimonios coincidieron en un recuerdo positivo de la experiencia de aunar nuestras dos últimas opciones.
   No obstante, Lore tiene un recuerdo negativo de una experiencia de campamento -cosa que le impide dormir a merced de un abanico esperable de alimañas-, de modo que las opciones se fueron reduciendo aún más, así hasta llegar finalmente a un humilde y caro hostel en Cabo Polonio.
   Si bien no tenemos de qué arrepentirnos por el modo en que ganamos nuestros sueldos, cargamos con cierta culpa social por gastar tanto dinero en tan poco tiempo en tan alienante costumbre. Para las buenas conciencias progresistas provoca algo de escozor el tener la posibilidad de darse el gusto, tan burgués, de tomarse vacaciones. Tal es así que probablemente esa semana en blanco que va de Navidad a Fin de Año, sea el único momento en que las buenas conciencias progresistas no sientan la espada damocliana del ser politicamente correcto.
   Así y todo, como entre bueyes no se sabe de cornadas, cualquier destino resulta en general bien visto, sea por el afán de descubrir lugares aún no subyugados a la moda -y las manifestaciones masivas de tipos que gastan un montón de plata en aparentar que no gastan un mango- o sea que están legitimados por ser el lugar al que hay que ir.
   Ir o hacer. Porque después de volver de unos diez días en el Polonio -sobre los que ya les contaré más adelante- la escuché decir en todos y cada uno de los engranajes del quehacer social que se reactivan a mediados de febrero que hicimos solamente Cabo Polonio y Valizas. En todas y cada una de esas ocasiones me vi forzado a reprimir un "creía que el lugar ya estaba hecho y que nosotros simplemente fuimos" para no generar motivos de reproche en el taxi de regreso a casa.
   Entonces sonó la primera alarma: la que chillaba sobre la necesidad de hacer o dejar de hacer cosas para evitar el reproche de Lorena. Los extinguidores llegaron con un rollo de tipo pacífico, centrado, que prefiere evitar disputas donde sabe que de todas maneras no podrá ganar gran cosa. Pero una noche que la vi dormir fui preso de una serenidad tan hermosa, que sólo podía provenir de una sola cosa: la ausencia de miedo, del paso hacia el abismo. Dormida, Lorena es -pese a la obvia y estúpida comparación- una mujer de ensueño. Podría quedarme horas mirando el cielo de su piel, las constelaciones de lunares que fueron bautizadas para siempre por mí, aunque nadie llegue a saberlo, ni siquiera ella. No sentía miedo frente a esa figura de bronce que vibraba con esporádicos estremecimientos que le dibujaban una mueca única en la boca. Despierta, en cambio, la sensación que me generaba era bien distinta.
   Pero eso se los contaré más adelante. Por ahora, déjenla dormir.

sábado, 7 de enero de 2012

Una remera rosa de los Ramones

   Esperaba por cruzar 7, en el bulevard, en esa parte de baldosas que deviene arco de medio punto cuando termina el cantero. El viento le jugó una mala pasada y le desarmó el paraguas barato comprado de apuro frente a los escalones de algún ministerio. Lidiaba con ese transformado trasto de alambre y lona como suele hacerse con un caballo al que hay que llevar al establo y no se deja. Llevaba una remera sin mangas, rosa, de los Ramones.
   Yo me quedé mirándola sonriente desde la vereda, junto al mercadito de 57. Me importaba menos guarecerme ante esa inoportuna nube pasajera que esperar a que cambiase la luz del semáforo y verla resolver con deliciosidad punk esos largos minutos de autos rapidísimos hacia sus casas o hacia ningún lado en especial.
   Cerró como pudo el paraguas, maldijo en chino y lo tiró con fuerza frente a un 202 que frenó chirriando ante una tienda de ropa de segunda selección. Luz roja. Algunos pasajeros del ómnibus la miraron entre los auriculares de sus adminículos de música móvil sin emular un gesto, ni de solidaridad ni de empatía, y luego volvieron a sus soledades sonoras.
   Con unas pocas zancadas aterrizó junto a mí, que ya me decidía a retomar la marcha -con el mapa mental de los posibles kioscos donde pudiera comprar cigarrillos y no me dieran caramelos como vuelto- pero antes aún de dar el primer paso decidido hacia plaza Rocha, le sonreí. Ella tardó unos pocos segundos en cambiar su gesto adusto por algo parecido a una sonrisa. En tres pasos bajó la mirada y luego volvió a sonreirme, con una mezcla de picardía y vergüenza. Luego, cada uno volvió a su puesto.
   Antes de entrar al kiosco del Tano miré hacia atrás, buscando una mancha rosa entre los bólidos brillantes que domaban la avenida. Apenas pude ver, a lo lejos, un paraguas recién huérfano desplegando sus bracitos retorcidos,  rodando como esos fardos circulares que atraviesan la pantalla en cualquier lugar común sobre el desierto.

jueves, 29 de diciembre de 2011

La insoportable levedad de enero

Ahora, en la soledad de su cueva, cuando ya la totalidad de la ciudad le pertenece, simplemente porque ella no representa un peligro ya que debía estar en Córdoba con su familia, esperando pasar las fiestas y luego zarpar para alguna playa en enero, tal como es, fanática de la playa, como si hubiese sido moldeada en arena y nacida para estar ahí, en su hábitat natural, despojado de su dueña por la fatalidad de haber nacido en las sierras, donde ahora reposaría en una hamaca paraguaya como la que él tiene en el patio y desde donde siente la libertad de la ciudad y, al mismo tiempo, la invasión de una ausencia, un peso significativo no demasiado identificable, una nube a la que suele ahuyentar a pajas, pero que no siempre logra disipar del todo, sino más bien todo lo contrario, como si de la nube se desprendiera una capa tenue, una cáscara débil que tiene como objeto ocultar la verdadera cara de la tormenta, la de ella diciendole desde arriba que le gusta ver su cara al acabar y desaparece en dimmer, dejando caer la soga mientras él mira el cielo por un agujero en su cueva y se queda quieto porque tanta libertad le resulta insoportable.

lunes, 24 de octubre de 2011

Nunca llegamo' a la luna

El manijazo en Estación Provincial.

   Un ramalazo de perfume atraviesa mi nariz y me arponea los ojos directo a la nuca de una mujer que pasa hacia una mesa. Un fragmento de sensualidad espontánea entre el mapa y el territorio. La veo despedirse de dos amigas y pasar de nuevo frente a mi, pero esta vez en dirección opuesta, hacia la escalera donde me propuse filmar una escena de mi película, pero eso se los contaré más adelante. O no.
   Decía que se va, sacudiendo mi modorra dominguera a través del olfato. Algo curioso, si se piensa que es el único sentido incapaz de despertarnos cuanto estamos dormidos; de ahí que una pérdida de gas sea tan peligrosa. Como una nuca.
   Quién sabe, entonces, qué extraños mecanismos alivian el espíritu en este casillero de la semana. El manijazo es uno de ellos. Basta llegar y ver un poco a los furtivos compañeros de noche para preconcebir la satisfacción. Una costura de seres que avanzan con serenidad, entre medicina y candombe, entre Freud y Sara Facio; una partida de muñecos descosidos que buscan fervientes contactarse con otros para no vaciarse. Cientos de abrazos mansos que recomponen la piel cada fin de semana. Así, templados, se deciden a bailar.
   Ya no tango, ya no sólo tango. Porque una característica de estos seres templados es la capacidad casi natural de absorción de esas cosas que nos enseñaron como muy distintas, opuestas. Frío y calor. Tango y ska.
   Llegado a este punto, quisiera aclarar que ser templado no es lo mismo que ser tibio. La tibieza no perdura, se enfría o se calienta. El templadismo, en cambio, sugiere una estabilidad permeable. No sé si Euge estará de acuerdo con esto. Ya avanzaremos sobre el tema en otra oportunidad.
   Porque ahora está tocando El manijazo, creando un reducto apacible para los de adentro, mientras afuera muchos otros vuelven felices de la Plaza, satisfechos de ser parte de algo que va a estar en los manuales de historia de sus nietos. (También los hay quienes sienten una cosa en el pecho por haber viajado al pueblo a votar, y ahora ven los resultados lejos de la escena cotidiana, comiendo asado frío frente a la tele, esperando el momento de ir a la terminal, al mismo tiempo que se les ocurre pensar que tal vez -si se deciden de una vez por todas a hacer el cambio de domicilio- no volverán a experimentar esa sensación).
  Mientras tanto, en esta parte de la ciudad...
  Hacia las ventanas que dan a la explanada, un grupo de chicas baila levemente, alrededor del trípode de una cámara, mientras conservan su vaso entre las manos. Adelante de todo hay algunos sentados, a quienes ya sabemos encendidos en la pista luego de que alguien rompa el manto tímido de la sobriedad. Por todas partes ronrronean, agazapados, estos abonados a la alegría.
   Arriba del escenario, el Chino canta que se queda en este lado de la vereda. El Chino es un tanguero de pura cepa, de esos que te dicen "voy al biorsi", y enfilan para el baño poniendose el sombrero. Un crá.
   Discípulo de Alorza, sabe plantar su mirador del mundo y jugar con esa impronta rockera, actual, que respeta, a la vez, ciertas fronteras intocables del género que lo abriga en esencia.
   Y es parte de un valioso todo. De una banda que sabe sonar bien ensayada, confiable y atenta, un conjunto de piezas indispensables de esta maquinita festiva y combatiente que arranca al primer manijazo. Se mantiene, dispara, improvisa. Vibra.
   Hacia el techo, sobre un par de sogas que cruzan el salón, cuelgan unas ropas que dan cierta atmósfera de patio de conventillo, mezclado con un edificio que acentúa cierto aire de puerto, de zona de llegadas y partidas. Antes de los últimos aplausos salgo hacia la escalera. Mientras busco el encendedor en el bosillo de la campera, envuelto en el murmullo general, me pregunto cuántos emigrados habrá aquí esta noche, cuántos barcos zarparán vacíos antes del alba.