lunes, 25 de octubre de 2010

Teros

1.- 

-Fueron los teros, señor. No lo teníamos previsto. En California no hay...
El secretario cerró la carpeta negra y se quedó inmóvil frente al escritorio del intendente. Sintió que todo enero estaba jugándole una mala pasada: él, que no sudaba nunca, comenzó a sentir una gota que le recorría la sien izquierda con lentitud de sentencia.
El intendente tenía su ampuloso cuerpo reclinado en un sillón de cuero que rechinaba ante cada movimiento. Juntó las yemas de ambas manos, se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en el escritorio y miró al secretario por varios segundos hasta que por fin habló: -Lombardi, ¿me puede repetir lo que dijo?
El secretario pasó su mano por la sien y se dio cuenta que tenía más de una gota cayendo en picada: cuando el intendente no lo tuteaba, era una mala señal.
-Estee, mire, hicimos todo de acuerdo a lo planificado, pero..
-¡¡¿¿Usted se da cuenta de lo que esto significa??!!!- interrumpió gritando el intendente. Están viniendo los medios de la Capital, esto va a salir por cadena nacional. ¡Y usted me viene a decir que la culpa la tienen los teros!
El secretario intentó una respuesta y lo salvó el teléfono. El intendente levantó el tubo sin dejar de mirar al secretario, que fijó sus ojos una vez más en el retrato de Perón que estaba junto al marco de la ventana y siempre que la situación se tornaba complicada le daba una sensación de alivio: era su marco protector.
El rostro del intendente se ensombreció y sus clásicas mejillas rosadas (que de cerca eran asquerosos ramilletes de venas pequeñas reventadas contra la piel, como una mosca frente a un vidrio) se pusieron más a tono con  su cerdoso bigote negro.
Cuando hubo de cortar la comunicación telefónica quedó unos segundos en silencio hasta que se le oyó: -Lombardi, está viniendo el gobernador. Tiene menos de tres horas para resolver el problema.
El secretario se puso aún más pálido de lo que estaba.
-Señor, perdóneme pero es algo imposible.
-Imposible era que pasara lo que pasó, Lombardi!! ¿¿Usted quiere que le diga al gobernador que los U$S 2.000.000 que nos dieron para traer miles de lombrices californianas para una planta de reciclaje de última tecnología se los comieron los teros?? Mire si nos quitan la partida presupuestada y se la dan a Lavalle. El municipio de Dorrego no puede permitirse eso. ¡Y usted lo sabe y es el principal responsable si eso pasa!
El intendente se había parado apenas de su quejoso sillón y le salía fuego por los ojos y una serie de palabrotas que Lombardi tomó como justas, aunque en ese momento lo primero que se le pasó por la cabeza era que se quedaba sin trabajo.
-Lombardi, dijo ya sentado de nuevo el intendente. Está viniendo la televisión, entiende. Quieren ver las lombrices en acción. Vamos a ser los más pelotudos del país si usted no consigue en dos horas, no digo diez mil, pero por lo menos una cantidad que haga bulto.
-Pero esas lombrices no se crían por acá, y ya sabe lo que salen y lo que tarda pedirlas de nuevo a California.
-No me tome el pelo, Lombardi! ¡Vaya al campo de Mastroiacovo o a algún otro y consiga lombrices para que haya algo para filmar en la inauguración!
-Perdone, pero son muy diferentes las lombrices.
-¡Usted se metió en este problema, resuélvalo, caramba! ¿No es licenciado acaso?
-Si, señor… en comunicación social.
-Mire,  agarre algunos de los muchachos y vayan a remover la tierra hasta conseguir unas cuantas lombrices para que salgan por la televisión.
El secretario respiró profundo, hizo un gesto de afirmación y salió.
Cuando salió al pasillo se encontró con Teresita.
-Cacho, qué cara ¿Te retó el gordo?
-Ahora no puedo flaca, estoy hasta las manos.
-¿Qué pasó?
-Los teros se comieron las lombrices californianas de la planta recicladora. Y el gordo quiere que vaya a buscar algunas al campo para que salgan por la televisión. Pero las lombrices estas son muy diferentes. Son bien rojas y parecen de adidas, tienen tres rayitas blancas que las de acá no tienen. Si salen por la tele las que busquemos se van a dar cuenta y van a pensar que nos robamos la guita . ¡¡Y se la comieron los teros, no nosotros!! Encima el gordo cree que nos pueden sacar el resto de la plata y dársela a los de Lavalle. ¿Podés creer? ¡A Lavalle!
Lombardi perdió la compostura por primera vez en toda la mañana. Teresita se quedó en silencio, mirándolo. Se sacó los anteojos y repasó los cristales con un pañuelo. Ella había nacido en 30 de agosto y no entendía la rivalidad entre dos localidades por los próceres que le daban nombre, como si los de su pueblo fueran rivales de 3 de febrero o de 9 de julio o 25 de mayo. Yo te ayudo, Cacho, le dijo. Lombardi le respondió con una media sonrisa: Gracias, flaca. Esperame que voy al baño y vemos qué hacemos.
El secretario entró al baño y se miró en el espejo durante un minuto. Se lavó la cara y fue hacia los mingitorios. Antes de bajar el cierre de la bragueta miró hacia la puerta. Que no entre nadie ahora, pensó. Y acto seguido: ¿Podré ser tan pelotudo de no poder mear si hay otro tipo en el baño? Estas cosas pensaba el secretario hasta que alguien entró. Lombardi bajó la vista y se acordó de las lombrices y el poco plazo que tenía. Hizo que sacudía, guardó y salió sin haber meado.
Teresita lo esperaba en el pasillo.
-Cacho, hablé con el Chinchulín Garmendia y el Topo Arce, del corralón. Van a ir a lo de Mastroiacovo con la pala mecánica.
-¡Están en pedo! ¡El viejo los mata!
-¿Y qué querés, que vayan a palear a mano? También llamé a la pinturería del Rana Stocco, para que nos dé algo de pintura, por el tema de las rayitas, viste. Ahí viene el Chinchulín en la camioneta. Dale vamos.
-¿Pintura? No, estás loca, cómo vamos a ponernos a pintar lombrices. Para tanto, no, che.
-Pero si salen en la televisión se van a dar cuenta, vos dijiste recién. Y de paso, hay que bajar a todos los teros que aparezcan, ¿no?
Lombardi le dejó una sonrisa algo gastada y salió a la calle.
El chinchulín Garmendia hacía rato que había perdido la descripción física que ofrecía su sobrenombre. Ahora era uno de los pesados del pueblo, metafórica y literalmente. Prácticamente nacido en la  Unidad Básica, era el encargado de los asados, de elegir y repartir los planes sociales y los fierros. Se decía que cargaba dos o más muertos de localidades vecinas, que manejaba la quiniela clandestina en la región, que tenía 16 hijos y un par de prostíbulos, incluso uno en Lavalle. A su modo, todas eran ciertas y no.
La cuestión es que Lombardi siempre le había tenido miedo a Garmendia. Y al momento de subir a la F-100 tuvo un escalofrío punzante y la sensación de que el remedio iba a ser peor que la enfermedad. El chinchulín hablaba poco pero firme. Capaz de no alzar la voz y de jugarse la vida, recordó Lombardi.
Salieron de la municipalidad por la avenida San Martín. Lombardi se hizo la señal de la cruz al pasar por la Iglesia y sintió que el Chinchulín se reía con sus manos al volante. Pensó en decirle que ya no creía, que era un reflejo producto de años de creer o de la imposición familiar cuando niño. Luego decidió que iba a sentirse aún más ridículo, que el Chinchulín estaba en su terreno y él, el intelectual, el que se recibió en La Plata y conoció un mundo más sofisticado, el que para los ojos de la gente como Garmendia era casi un cajetilla, aunque claro, siempre se olvidaban de su origen humilde, del barrio de calle de tierra junto al molino harinero que le daba nombre: barrio “El molino”, nacido y criado de la vía para allá, donde por las tardes de verano debía pasar el regador, ya que la tierra que volaba era insoportable y él jugaba ahí, con su esa gente, par de quien ahora estaba a su lado, manejando con un pasto en la boca, mascullando alguna cumbia o una plegaria o tal vez el momento incierto de que uno de los cinco tipos que usaban corbata en el pueblo estuviera bajando el vidrio de la ventanilla de acompañante de su camioneta y amagara a decir algo, pero que, al final, decide quedarse en silencio.
Dieron un rodeo por la plaza y se encaminaron hacia el corralón municipal. Ahí los esperaba el Topo Arce con la pala mecánica lista para salir. Al ver la camioneta que se acercaba, el Topo se bajó del vehículo, y quedó de pie junto a la pala, acomodándose las bolas en un gesto exagerado pero muy propio de él cuando se sentía la última Coca Cola del desierto. Y cuando no, también. A modo de saludo, desde lejos levantó el mentón casi con desprecio hacia el secretario y dijo algo del tipo “así que el dotor va a meter las patas en el barro... todo sea por el general, ¿no?” o alguna otra cosa parecida.
            Lombardi sintió la mirada sobradora y se acercó a darle la mano a Arce, algo que hizo que le llamara la atención, sobre todo la aspereza de las manos del conductor de la pala, cuyos dedos eran demasiado rudos para las delicadas falanges del secretario y así se lo hizo saber con un apretón que activó o detonó, al mismo tiempo, una sonrisa con un altísimo porcentaje de sorna en el apretador y un gesto derivado de la represión al impulso natural, reflejo del dolor que hubieran mostrado los músculos de la cara del apretado.
            Cada vez más lejos de casa, pensó el secretario. Mientras tanto, entre ambos conductores se generó una breve conversación sobre los hijos (tema sellado inmediatamente con un “ahí, creciendo” de parte de Garmendia), el trabajo, y otras cuestiones, como el cartel de venta de la camioneta de Garmendia, cuya una de sus esquinas estaba despegada, anteponiendo una enorme cortina de indiferencia para con Lombardi, que cada tanto miraba su reloj, los interlocutores y un repaso a los alrededores, en ese orden.
            Por fin, casi “como si se despertara de golpe”, recordó luego Lombardi, el Topo Arce incluyó al secretario en la conversación para informarle que ya había hablado con Mastroiacovo y que no había problema en ir a unos de sus potreros a por las lombrices, todo sea por el general, ¿no? Todo sea por el general, rumió Lombardi. Y agregó, como ganando confianza, que de paso, podían ir yendo, no había demasiado tiempo para perder en pequeñeces, palabra que eligió a último momento, ya que iba a decir nimiedades, y supuso que hubiera generado algún tipo de rencor en las dos personas que lo escuchaban, aunque el resultado de decir pequeñeces fue que lo miraron como a un maricón. ¿Vamos?, insistió el secretario.
            Inexplicablemente, subieron los tres a la cabina de la pala mecánica, siendo que podían ir dos en la camioneta y el conductor de la pala solo, con un amplio margen de comodidad. Me cago en dios, rumió el secretario pero ninguno de los otros hizo eco del murmullo y en cierta forma le dio algo de alivio.
            Dicen que el viejo Mastroiacovo le debe un par de favores al padre del intendente, que no sino no sé cómo le puede dar permiso para agujerearle la tierra, dijo Arce, con una sonrisa torcida y acomodándose de nuevo las bolas a su manera y palmeando, acto seguido, el hombro de Lombardi, que puteaba para adentro en tres o cuatro idiomas.
Una vez llegados al campo abrieron la tranquera y llegaron al chale de Mastroiacovo que estaba con los brazos adentro de un tanque australiano, pareciera que armando una pócima gigante, pensó el secretario. A pesar de que el ruido de la pala mecánica era demasiado evidente de su presencia, el viejo no se dio por enterado hasta que lo llamaron, a los gritos, sin bajarse de la cabina.
El viejo se sacó un lastimoso sombrero de paja y se acercó sonriendo, balanceando apenas la cabeza. Por fin, apoyó un pie en el estribo y habló con voz pastosa, uno más canchero que el otro, pensó el secretario, qué tal Garmendia, Arce, ¿y usted, jovencito?, viene muy elegante para sacar lombrices. Lombardi, dijo Lombardi. Me apellido Lombardi, hijo de Néstor.
Las arrugas del viejo se expandieron como una mancha de aceite por su cara y apenas se aquietaron en una mueca exagerada, habló desde el pozo negro que era su boca. Néstor Lombardi... Pero si habré jugado al fobal con su padre, hijo. Está crecido, muchacho.
Lombardi sonrió lo más que pudo dentro de su incomodidad. Y, es el tiempo. El tiempo pasa, vio. Cómo ahora, que no tenemos mucho tiempo para hacer lo que vinimos. Mastroiacovo lo miraba aceitoso, expandido, exagerado, sin escucharlo. Nos puede decir dónde excavamos, dijo el secretario.
Esto pareció despertar al viejo, que se hizo para atrás y señaló con un vago ademán de su mano derecha, abarcando todos los lugares posibles o ninguno. Los tres de la cabina se miraron sin entender. El viejo volvió a hablar. Así que usté es el hijo de Carmencita... ¿qué edad tiene, muchacho? El secretario miró a los otros dos, que lo empujaron a dar una respuesta y así poder ponerse a trabajar.
Veintinueve, dijo. Veintinueve, repitió el viejo, recalcando cada sílaba, como intentando girar una manija hacia atrás y ver todo ese fragmento de tiempo. Veintinueve, repitió para si. Al fin, reaccionó y en vez de invitarlos a realizar su trabajo, los invitó a tomar algo fresco y a charlar un poco.
No, no, no podemos, estamos con el tiempo justo, dijo Garmendia y todos se sumaron al empuje que necesitaban para salir de esa situación y además realizar lo habían ido a hacer. El viejo hizo unos pasos hacia atrás y dijo algo así como claro claro o hablo hablo o algo algo o malo malo, sin abrir demasiado la boca. Todos se decidieron por claro claro y se pusieron manos a la obra.
Sólo entonces se dieron cuenta que no tenían donde poner las lombrices.

continuará...

El fondo del cielo


A Rodrigo Fresán, que odia los blogs

Pienso, intento, al menos, pensar para dejar de hacerlo. Te encuentres donde te encuentres quisiera que me recuerdes, que nos recuerdes así, como fuimos por un rato, un espejo hecho de sueños en el que al otro lado no había conejos ni túneles subterráneos, sino apenas un recoveco de algodón que se fue mojando por la flor rota de una regadera oxidada. Cenizas de jacarandá, sombra azul, las flores secas, crujientes ante los espasmos de un paseo de dos cuerpos que nunca terminarán de conocerse, aunque estén absorbidos ya el uno en el otro.
En este panorama suelto la mano que suelta la piedra que suelta la arena brillante que ya no quema mis pies, que se hunden, funden y confunden como plastilina derretida y quisiera meter la mano para sacarlos pero ya no la encuentro al final de mi brazo, sólo un muñón vibrante y cuarteado que vomita musgo bebido de un estanque de agua podrida; pero eso es otra historia, aunque toda historia, siempre, será una historia de amor. No lo olvides ni lo desprecies ni me perdones.
Nada. Ni la mano, ni la piedra, ni la arena brillante han acabado el vuelo, ya no puedo verlas, pero me quedo expectante del cloc que harán, que sé que harán, al tocar el fondo del cielo. Lo sé porque siempre he sido bueno imitando las voces muertas que de allí vienen, tanto que tal vez hasta mi voz haya hecho lo propio, y desde ese fondo inestimable de pérfidos silencios venga a encontrarse con la mano la piedra la arena, en la explosión final de la estrella que muere: mi anhelado Big Bang doméstico.
Decido cerrar los ojos.
Me digo que al abrirlos seré otro, que los pies estarán en el campo, que la plastilina se hará raíz y la copa crecerá hasta tocar los cables de alta tensión que parten al cielo en dos. Y ya no estarán las luces de la avenida, ni el desenfreno metálico y bestial que allana mis oídos en el séptimo piso. Ni la bandada de pibes que rompe bolsas de basura y patea las puertas de los autos.
Me digo que la tibieza del pasto de octubre calmará mi sangre tóxica y crocante, la yuxtaposición de sentidos hacia la creación más ilusoria de la conciencia, y que, paradójicamente, es la que más impresa queda en el cuerpo. Este cuerpo que ahora recibe el sol y se difuma entre las hojas muertas que no se barrieron.
Decido abrir los ojos, pero algo me detiene por un minuto más.
Ya no estará tampoco tu mano, ni siquiera para empujarme contra el muñeco de nieve que armamos en el jardín delantero. No estará el jardín de todas maneras, y la nieve derretida formando un río de lodo del que buscaré los pedazos más luminosos para rearmarte de nuevo, y entonces reiremos, estruendosamente, avergonzando a las viejas que nos saludan por la mañana, paradas en el umbral de su casa, con la escoba en la mano. Y las viejas se sonrojarán y cerrarán la puerta cancel y llevarán una mano a su sexo que creían seco, y será el último incendio secreto que se guarden en sus tumbas, cientos de pasillos ardiendo al mismo tiempo, mientras nosotros seguimos riendo, con el abdomen endurecido de tanto espasmo y lágrimas en los ojos y los ojos enmohecidos ya, borbotones salitre uniéndose a la nieve derretida y el lodo del que todavía no te he armado.
Ahora sí, entonces, decido abrir los ojos.

martes, 19 de octubre de 2010

La huerta colgante

a Pili, por la anécdota y las risas


Es como ser estudiante y no tener los libros, dijo Pilar a risa limpia. Todos rieron con ella, siempre tuvo una especie de don para hacer propagar las sonrisas. Durante dos meses estuvimos vedados de ir a visitarla. Estaba preparando algo en su casa y no podía ser visto antes de tiempo. Como la novia antes del casamiento, decía cuando insistíamos mucho.
Cuando estuvo listo nos citó a todos.
Nos juntó en la vereda y nos vendó los ojos. Recorrimos como un tren absurdo y titubeante los veinte metros por el pasillo, la mano de uno en el hombro del vagón precedente.
Finalmente llegamos a la puerta y nos amuchamos para entrar.
La primera reacción fue de absoluta sorpresa, una risa reprimida hasta el momento de mirarnos entre nosotros y hacer montoncito con las manos, los ojos bastante abiertos. El asombro colectivo debió hacer vibrar los demás departamentos. A Pilar nunca la vi tan feliz. Con las manos en los bolsillos, levantó los hombros con falsa ingenuidad y soltó aquello de que es como ser estudiante y no tener los libros. Y luego agregó: ¡cómo iba a estudiar cocina sin tener mi propia huerta! Les presento a mi huerta colgante, e hizo un ademán de torero con la mano.
Entonces empezamos la recorrida.
El departamento tenía un living comedor bastante amplio, o al menos así lo recordábamos. Ahora estaba invadido de cajones de madera colgados a diferentes alturas. Algunos tenían lámparas adosadas como apéndices luminosos. Otros estaban cubiertos con nylon. Uno solo estaba completamente tapado por una tela blanca con un dibujo de Batu en el centro. Es original, dijo Pilar. A mi me gusta más Liniers, agregó Ayelén. Yo soñé con un personaje de Macanudo, dijo Fran. Lo voy a dibujar para mandárselo, comentó luego y se fue a buscar un vaso de agua.
De todos los cajones de la huerta colgante pendía un pájaro de papel con cartoncitos de diferentes colores que daban nombre a las hortalizas y aromáticas que a esa hora dormían su artificial fotosíntesis.
Me halagó sobremanera que el cajón de los zapallos llevara mi nombre, junto al esplendoroso “cucúrbita máxima”. Esos son difíciles, dijo Pilar. Pero a la larga rinden. Son buenos. Le pregunté si me podía  hacer un cartelito igual para llevarme, pero ella ya estaba junto al Batu, tratando de congregarnos a todos a su alrededor.
Juntó sus manos en la espalda y a medida que hablaba daba pequeños saltos aunque, en realidad, nunca se desprendió del suelo, sino que se inclinaba hacia arriba, suspendida en puntas de pie mientras decía que esa noche era muy especial, ya que, como siempre dice su madre, las cosas caen de maduro y en esa oportunidad íbamos a poder presenciar el primer acto de madurez de la huerta colgante. Dos veces se sopló el flequillo y acto seguido corrió el lienzo como quien descubre una escultura.
Apareció un hermoso tomate, con forma muy propia, un culito rojo del tamaño de una pelota de tenis. Pilar lo miró orgullosa. Juampi comenzó el clásico aplauso de las películas, que según la vaca cinéfila (esto lo agregó más tarde Ayelén cuando esperábamos el  202 en Parque Saavedra) siempre suceden luego de que el héroe se vea apabullado por las injusticias y se manda un discurso que termina por convencer a los indecisos y hasta arranca algunas lágrimas. Yo no le dije nada, pero nunca vi ese dibujo y en definitiva eso que dice es un poco así. Todos aplaudimos, claro, y Pilar acarició el tomate y dijo que era cuestión de tiempo.
 Tengo un hambre incipiente dijo Vane, Andrés la cazó al vuelo y dijo “a desalambrar” y todos nos sentarnos en ronda, ante el fastidio de Vane que decía que el adjetivo estaba bien usado. Andrés entonces comenzó a esgrimir argumentos y el resto, el jurado, silencioso y expectante debíamos establecer el veredicto y el castigo al perdedor.
Ponencia de Andrés: Cuando veníamos para acá dijiste que tenías hambre y compramos unas pepas de salvado, por lo que la ausencia de hambre no puede ser total, requerimiento imprescindible para la incipiencia del mismo. He dicho.
Defensa de Vane: en primer lugar, resulta arbitrario el requerimiento de imprescindibilidad. En segundo lugar, las circunstancias previas a la cena que vamos a tener proporcionan un marco contextual adecuado para que el hambre (no saciado completamente hace unos cuantos minutos) sea incipiente. He dicho.
Casi que el jurado no dudó  y le dio la razón a Vane, con el clásico grito al unísono de “pasa la bici”, señal de que queda absuelta de propinar alambres espinosos en el discurso.
Mientras nos juntábamos para formular la prenda que le correspondía a Andrés, Pilar dijo que estábamos casi en hora y dejamos el tribunal para más adelante y nos pusimos a esperar el desprendimiento del tomate.
Ayelén puso música, Lenine, O dia que faremos contato y a todos nos pareció apropiado. Nos abrazamos y pusimos debajo del cajón la tela como bomberos esperando que el tomate se arroje desde las alturas. Se sintió un crujido muy leve, el culito comenzó a bambolearse muy despacio, en verdad estábamos muy concentrados como para percibirlo y finalmente, el cric decisivo, el orgasmo verdulero, la pequeña muerte que lo traía hacia nosotros, humildes testigos del milagro del tiempo que lograba la madurez suficiente para que todos estuviéramos ahí, celebrando, juntos, riendo desternillados, nosotros, hermosos muñecos descosidos, felices en el brillo de los ojos que se encontraban al vuelo.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Primavera disgregada

Love is not some kind of victory march
Leonard Cohen

Una sonrisa sin contexto, una mano crispada fuera de la foto.
Roberto Bolaño

Noche. La última de un invierno que se hizo presente con fuerza y furia serena; la luz oblicua y amarilla de varios meses que ahora parece aclararse de a poco, sin apuro, con la confianza de lo inevitable. Enderezarse.
Salgo al patio a fumar un porro y tomar aire fresco. La luna cuelga casi llena, un agujero de leche sin redondez definida en el manto oscuro que se aleja y me contiene. La frasada no es la frase. Sobre el tapial encuentro a Bolaño, un gato que visita mi casa de vez en cuando y que algunas noches crudas se ha quedado a dormir en un almohadón que, desde hace tiempo, ya no sostiene tu sueño, tu pelo negro revuelto.  
Bolaño me mira como si quisiera transmitirme toda la paz gatuna del mundo. Entiendo: a su modo ese gato es todos los gatos. Me pide que cierre los ojos. Me dejo acariciar por la brisa sureña. Bolaño me llama. Escucho. Tras el tapial hay un algarrobo, cric, crac, con las ramas grises heridas por los brotes nuevos. Verde que te quiero verde sobre las cenizas de julio.
Tu mirada aún se luce entre todas las cosas que merecen la pena ser vistas; tu mirada aún descansa en el alféizar de mis ojos.
Desde el noreste sobrevuelan penachos del humo de la destilería de Ensenada, vestidos de naranja: el espejo intermitente de la ciudad en su aire nocturno. Cruzan con rapidez la porción de cielo que me permite el patio. Esta ciudad en la que me encuentro en conversación con el insomnio, menos un diálogo que un monólogo, en el despliegue de una impericia notable para conciliar el sueño o los pensamientos, ardido en preguntas.
Intento concentrarme en mi respiración o en el pulso de esa cosa que se llama tiempo. Así parado, entre algunos bocinazos lejanos y el rumor estruendoso de los motoqueros que recorren la 72 empiezo a sonreír. Río como un tonto, sin sonido, sin exagerar, sin ganas. Me contagio de mi propia risa. Bolaño se aleja ronroneando, trepa al techo y desde allí me despide. Ya es primavera. Tu mano entra en cuadro y saluda hasta otro día. Presiento que se acerca el sueño, mientras miro agradecido el lado equivocado de la luna.

sábado, 18 de septiembre de 2010

preguntas

la mañana que das como almitas volando /
almando el aire con vos
Juan Gelman

¿Qué es esta lentitud que no transcurre, que veo disiparse entre las copas de los árboles pelados?
¿Cómo será la mañana en que te encuentres almando el aire, poemando el alma, aireando el poema?
¿Quién podrá decir se fue / cuando a la orilla de tu cuerpo / mis pies desnudos se desmojen de eso que emanás?
¿Cuál será el sonido del mar a la hora que no vuelen las gaviotas?

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Una frase



Nunca los haces de luz, dijo sin mirarme, sentada en su lado de la cama, de frente a la ventana que da a la calle. Luego, dijo que esa tarde podía llover y que había olvidado el paraguas en un bar. Eso la entristecía un poco. Todos los paraguas han sido perdidos alguna vez, intenté consolarla. Es su karma, agregué. Giró despacio hacia mi, tan Gena Rowlands y me mostró su tristeza con una mueca en los labios y el verdor húmedo de sus ojos. Detrás suyo, un sol tímido se colaba por entre las rendijas de la persiana.
Siempre me resultó atractivo su aire triste. Era más bien lo que los brasileños llaman saudade: una melancolía desplegable, ancha, profunda pero con un ancla leve.
A veces levitaba.
Me quedé mirando su espalda desnuda; la curva perfecta de su espalda desnuda que moría en el colchón, al pie de sus caderas y se recortaba ante el humo de un sahumerio que nunca vi cuándo encendió. Torció su figura hacia el piso y se levantó con una colita para el pelo que al recogerlo dejó su cuello al descubierto, tentándome a besar una marca de nacimiento.
Terminó su mate y volvió a decirme: nunca los haces de luz, esta vez con un tono más cercano a la resignación que al reproche. Me senté junto a ella y nos quedamos un rato mirándonos.
Quiero dibujarte ahora, le dije. Quedate así.
Busqué las hojas y algunos lápices. Sonrió apenas y sopló hacia arriba, procurando apartar un mechón que le cruzaba la frente. 
Fue por donde empecé a dibujarla.
Cuando terminé el dibujo se lo alcancé satisfecho. Me iluminaba. Se parece, dijo ella más animada. Pero nunca los haces de luz. Nos reímos. Afuera, se escucharon unos bocinazos, una frenada brusca, algunos gritos. La armónica inconfundible de un afilador trajo algunos colores. El tránsito se normalizó. Un manto gris se acercaba vibrante desde el sudeste.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Tres cruces

1



-¿En qué pensás?, dijo ella, recostándose sobre su hombro.


-En el pie, dijo él. En el dolor del pie. En realidad, estoy pensando en cómo puedo hacer para dejar de pensar en el dolor del pie. ¿Tenés frío?


-No, estoy bien así.


El ómnibus iba de Montevideo a Colonia y Benjamín renovaba su problema de no poder dormir en los viajes. Rocío se arrellanó contra su cuerpo y pasó una mano por su mejilla. Tratá de dormir, le dijo en voz baja, no hagas caso de la música. Benjamín intentó una sonrisa. Me conocés demasiado, pensó o dijo. El problema es el pie, dijo.


Dos asientos adelante, al otro lado del pasillo, un pibe con el pelo amarillo movía su cabeza al compás de una cumbia dulzona que sobresalía por los auriculares de su reproductor de mp3. Benjamín detestaba esas manifestaciones públicas, en algo que creía una desventaja de la música portátil. Se molestaba menos por el volumen, que regaba asordinado varias filas de asientos, que por la música elegida para tal fin.


El problema es el pie, se dijo de nuevo y miró las suaves ondulaciones verdes que se presentaban al costado del camino. De a poco, comenzó a sentir la respiración pausada y consistente de Rocío sobre su pecho, que entraba en el terreno del sueño. Pensó en cuánto le gustaba verla dormir y más aún en sentirse vigía de su mundo onírico. Recordó la noche anterior, la última en el hotel del barrio sur de Montevideo, cuando entró a la habitación de madrugada y se sentó a la cama sin despertarla, para quedarse en observación de su sueño.


Esa noche, Benjamín había salido solo, había ido a un tablado. Rocío, en cambio, decidió capitular ante el cansancio que acumuló en el día, en largas caminatas por la ciudad vieja, la rambla, el puerto. Como era la última noche en Montevideo, Benjamín decidió que no podía salir de esa ciudad sin presenciar el carnaval que añoraba desde la Argentina. Tenía un sentimiento extraño, en parte porque nunca había estado en un tablado, pero sentía que ese lugar lo llamaba desde hacía tiempo, quizá desde el primer disco de murga uruguaya que llegó a sus manos algunos años atrás y que lo hizo sentir parte desde entonces.


Rocío hubiera preferido que se quedara con ella, pero accedió sin oponer demasiada resistencia al delicado estoicismo con que Benjamín procuraba pasar esa noche de carnaval, aún luego de realizar el mismo itinerario que su compañera. Como resultado de la negociación (un diálogo armonioso que le produjo más que nada a ella, una sensación de satisfacción y deseo de que fuera siempre así) se decidió que él vaya al tablado, a cambio de que al día siguiente salieran bien temprano para Colonia, ciudad que Rocío quería aprovechar a full, textuales palabras.


Así, una vez que Benjamín recibió las instrucciones del conserje para tomar el ómnibus que lo llevaría desde el centro a Tres Cruces y ganó la calle, una cierta liviandad se apoderó de su cuerpo, como si de pronto se hubiera hiperventilado y su estado de conciencia hubiera sido alterado, en algo mínimo, sí, pero imprimiéndole en el cuerpo una sensación repentina y efímera, tanto de sordidez como de claridad.


2


El hotel estaba ubicado a unas pocas cuadras de la plaza Cagancha, lugar que le servía a Benjamín como epicentro de los colectivos que lo llevarían hasta el tablado. Es una ciudad para ponerse triste, pensó al momento que terminó de registrar el cartel con los números de los servicios de transporte.


Durante unos pocos minutos, el movimiento nocturno de esa zona de Montevideo logró inquietarlo. Junto al kiosco cerrado que había en la vereda de enfrente, un grupo de pibes cantaba y reía y tomaba cerveza junto a unos desprolijos paños con artesanías. Desde la parada de ómnibus escuchó fragmentos de lo que cantaban, que ante la imposibilidad de descifrarlo decidió que eran canciones de Manu Chao.


No obstante la tranquilidad de la noche, Benjamín no podía dejar de sentirse incómodo y pensó y repensó varias veces la posibilidad de volver al hotel, quedarse con Rocío y dejar de lado la curiosidad que lo hacía sobresaltarse ante cualquier movimiento que se produjera cerca suyo, movimientos por demás normales, como intentaba convencerse de que no era un completo cagón.


En eso estaba, miraba una y otra vez el cartel que indicaba los micros que tenían allí su parada, cuando vio acercarse a un grupo de chicas. Entre ellas, hubo una que le llamó la atención. Era de su estatura, morocha, de perfil afilado, ojos negros y llevaba una vincha naranja, que hacía composé con su suéter. ¿Desde cuándo conozco la palabra composé?, pensó Benjamín.


La incomodidad creció al momento en que se dio cuenta que, por más que intentara prestar atención a lo que se desarrollaba en torno suyo, un entorno que hasta hace un instante percibía hostil y lo inquietaba, no podía dejar de mirarla. Pensó en Rocío, ahora dormida, de seguro con la mano izquierda bajo su mejilla.


Luego de unos minutos, llegó el ómnibus indicado y subió. Notó que las mujeres también lo hacían y esto le produjo un dejo de contradicción. Una vez arriba del micro, intentó acomodarse cerca de la puerta de descenso, evitando denunciar su condición de turista sin preguntar si el micro iba hacia Tres Cruces. Pensar que allá me dicen uruguayo, je.


Mientras repasaba mentalmente el trayecto descrito por el conserje del hotel, buscó con su mirada a la chica de la vincha naranja y creyó entender que ella también lo miró. Estuvo a punto de bajar luego de cruzar una avenida que no pudo ver si era bulevar Artigas, pero recordó que antes debía doblar. Pensó en ese viaje como una aventura. Estoy viajando solo en un micro de línea un sábado a la noche en la capital de un país que visito por primera vez, pensó y se sintió tonto por ese vacuo heroísmo.


Me miró de nuevo, pensó. Se bajaron algunas personas, subieron otras, hubo un reacomodamiento en el pasillo y Benjamín quiso ver que la chica de la vincha naranja se ubicaba de modo tal que no pudiera perderlo de vista y ya le comentaba a su amiga acerca del chico que había visto en la plaza y ojalá que vaya para donde vamos nosotras.


Ahora sí, bulevar Artigas, giro a la izquierda y la terminal de Tres Cruces se hizo presente. Es lindo Montevideo de noche, pensó Benjamín y hubiera querido compartir eso con Rocío, ahora girando para acomodarse boca abajo y ovillarse junto a su ausencia.


Cuando bajó del colectivo escuchó los sonidos del tablado y fue invadido por un sentimiento de exaltación. A su vez, el entorno volvió a convertirse en algo inhóspito, pero no pasa nada, si con toda la gente que bajó y anda por acá no debe pasar nada, oia, ella viene al tablado, también. Y sí, se puso un poco más nervioso.


Al llegar a boletería, una mansa muchedumbre charlaba, otros iban y venían y de pronto se hizo visible la empleada de la boletería, sacando medio torso a la vereda, como quien se despide desde un tren que se aleja, pero ésta anunciaba a los gritos que sólo queda una mesa con cinco sillas y dos plateas, no hay más localidades.


3


-¿Llegamos? Me re dormí, ¿no?, dijo Rocío desde el hombro-almohada.


-Estabas roncando, soltó Benjamín.


-¡Yo no ronco, bobo!, y se pasó un dedo por los labios. ¿Vos tenés el agua?


-Un día de estos te grabo, vas a ver, respondió él acercándole la botella. ¿Por qué es tan grave para las mujeres admitir que roncan?, pensó.


-Vos sí roncas, mi tractorsete. ¿Tenés idea por dónde estamos?


-Me parece que falta poco. Te perdiste los incendios.


-Mejor. Me ponen triste. ¿Qué tal tu pie? ¿Te sigue doliendo?


-Ah, si. Un poco. ¿No nos olvidamos nada, no? Como salimos tan apurados.


-No. Si vos revisaste todo como mil veces.


-Siempre me quedo con la sensación de que me olvido algo.


-Obsesivo.


-Sos linda cuando te reís.


-Ya sé.


4


Así que el idilio murguero se vio de pronto interrumpido por una fatalidad fuera de programa: no había más entradas. La puta que lo parió. Señor, ¿usted sabe de algún otro tablado por acá cerca? ¿y cómo llego? De esa avenida, ajá, hasta el semáforo y a la derecha. ¿y habrá entradas ahí?. Bueno, gracias.


Qué boludo, pensó de nuevo Benjamín, mientras salía hacia avenida Italia. Antes de llegar a la esquina miró hacia atrás y vio que la chica de vincha naranja, que había escuchado las mismas indicaciones para llegar al próximo tablado, se quedaba en la puerta del Monumental. Semáforo y a la derecha. Ya no hay tanta bulla, la calle se torna más oscura y a las dos cuadras se le termina. ¿Dónde me mandó este tipo?, pensó cada vez más nervioso.


Vio que dos mujeres mayores bajaban de un auto y se acercó para preguntarles. Tienen más miedo que yo, se dijo mientras comenzó a preguntar desde lejos, antes que llamaran a la policía. La vaguedad de las instrucciones que le dieron lo llevó a odiar esa tranquilidad que tanto ponderó de los uruguayos hasta hacía veinte minutos. ¡Viejas de mierrrrda!


Apuró el paso en la oscuridad y dobló de nuevo a la derecha. A unos cien metros cruzaba una avenida bastante más iluminada pero luego sólo percibía un telón negro. El parque Batlle. Al menos se escuchaba la música, pero no podía distinguir de dónde venía y no se iba a poner a cruzar ese bosque así como estaba. Por fin apareció un tipo que paseaba un perro y le indicó cómo llegar.


Una vez en el Velódromo consiguió entrada y se dispuso a disfrutar de una hermosa noche, con luna incluida y qué lástima que Rocío no quiso venir. Sentado en las gradas, lejos del escenario, cerca del pasillo dio rienda suelta a su naturaleza inquieta y miró para todos lados, hasta que la vio, bajando las escaleras que estaban a su espalda y le empezaron a transpirar las manos.


Se hizo el boludo, calculó el momento en que pasaría junto a él y miró de nuevo. La vincha naranja lo vio y se rió, sorprendida. ¡Apa!, me tenía fichado desde el micro, se dijo Benjamín. La corte que rodeaba a la chica, con ella incluida, siguió descendiendo y gracias al accesorio colorido que le sujetaba el pelo, pudo ver claramente dónde se ubicaban.


Terminó el show de los humoristas y el valle inmóvil de espectadores cobró vida y comenzó a movilizarse hacia los chiringuitos de chivitos (chiringos de chivos, se dijo recordando su odio por los diminutivos) que en realidad no son tales, se dijo también. Afinó el ojo, la vincha naranja seguía siempre visible lo que para él constituía una señal. Si fuera un semáforo estaría entre el amarillo y el rojo, pensó y no entendió mucho.


5


-Acá no hay camping. Vamos a tener que buscar un hostel. Este que dice acá te va a gustar: “el hostal de los poetas”.


-¿Queda lejos? Mirá que entre la mochila y el pie no tengo ganas de caminar mucho.


-Calma, renegón, son un par de cuadras. No te olvides que estás con una guía experta. Mirá, allá por esta calle, bajando hacia el faro, ¿ves? Ahí, en la última cuadra vivíamos nosotros. Una vez que nos instalemos, vamos, ¿querés?


-Si, bueno, siempre y cuando pueda caminar. Acá en el mapa hay uno más cerca. ¿Por qué no vamos a ese?


-No, ese es un de-sas-tre. Como sos vos, no aguantas ni a pasar por la vereda.


-Eh, che, que no nací en cuna de oro. ¿Falta mucho?


-Un par de cuadras, te dije. ¿Querés que cambiemos las mochilas? La mía pesa menos.


-No, dejá, está bien así. Ahora ya fue, si paramos a cambiar mochila no me levanto más.


-“me han dicho por ahí, que te han visto, triste, mal, de golpe y porrazo, quejándote a cada paso, arisco y malhumorao…”


-Ah, claro, cantá esa canción nomás. Como si no me doliera el pie.


-Bueno, ¿qué apuro hay? Estamos de vacaciones. Si a vos se te ocurre hacerte el futbolista en la playa y terminas despatarrado, no me tires el problema a mí. Es acá. Es nuevo este, no lo conocía. ¿Funcionará el timbre?


-Hola. ¿En qué puedo ayudarlos?


-Hola, que tal, mire, estábamos buscando hospedaje.


-Ay, corazón, me vas a tener que disculpar, pero estamos completos. Hasta mañana a la noche no nos queda nada.


-No, ¡no puede ser!


-¿No hay ninguna posibilidad de que podamos dormir acá?


-No, querida, ya estamos completos. Mañana sí, si quieren, mañana vengan. Te dejo una tarjeta por si querés llamar antes. Pero para hoy no tenemos nada.


-¿y no sabe dónde puede haber otro hostel por acá cerca? Pasa que él está lastimado del pie y no podemos caminar mucho. Por los bolsos, también, ¿vió?.


-Ay, pobrecito. ¿Qué te pasó? Bueno, mirá, si seguís por esta que baja hasta la rambla, ahí doblás a la derecha, dos cuadras y vas a encontrar uno.


-Bueno, gracias, señora, muy amable.


-¡A las órdenes!


-Gracias… Conchaetumadre…


-Eh, ¡qué negativo! ¡Gruñón! Descansemos un rato acá y después vamos al que dijo la señora.


6


Cuando parecía que la había perdido de vista, de nuevo se hizo presente el brillo naranja sobre el pelo negro. Sólo había un pequeño detalle: una campera blanca. No es ella. Una repentina y leve desesperación se apoderó de él. En movimiento, divisó otra vincha naranja y luego otra y comenzó a darse cuenta de que el accesorio único que había visto en la muchacha, no lo era tanto.


Decidió bajar las gradas, atravesar por las sillas de la platea y avanzar hasta los baños químicos que estaban en el otro extremo, menos por las ganas de orinar, que por buscar a la muchacha desde una visión mucho menos panorámica, pero más cercana. El resultado fue negativo, pero por lo menos pudo descargar la vejiga. Rehízo el trayecto y antes de llegar a las gradas se volvió para mirar, hacia dónde la había visto sentarse y luego hacia los chiringuitos.


El tono leve de la desesperación iba difuminándose hasta llegar a ser algo mucho menos asible, pero que lo llevó a recordar noches de adolescencia, en su pueblo lejano, cuando las mujeres eran ilusiones que perdía sábado a sábado entre el humo y el sudor de los boliches. Y en ese momento, volvió a pensar en Rocío, respirando sobre la almohada, con pequeños temblores dulces y sus manos inquietas acariciando su solitaria desnudez. ¿Qué estoy haciendo?, pensó Benjamín, y volvió a ver a la chica de la vincha naranja, mucho más cerca de lo que se imaginaba, jugando con una nena de tres o cuatro años que no había visto en la comitiva que la acompañaba al llegar.


Es una señal, se dijo y no pudo entender si era buena o mala, si esa mujer ahora reaparecida en carne y hueso junto a la imagen de su novia dormida quería decirle algo que no llegaría a entender o que preferiría no enterarse. Alguna cifra recobrada de su pasado infructuoso en relaciones, reconvertida ahora en un berreta dandismo de carnaval, que, dicho sea de paso, había pasado a segundo plano.


7


-Podemos alquilar unas bicis y salir a recorrer la costa. Podemos ir hasta la plaza de toros- dijo Rocío, con uno de esos palitos chinos en la boca que usaba para sujetarse el pelo.- Para ese lado está también el museo del pirata. Te va a encantar.


La primera acepción de la palabra pirata que le vino a la cabeza a Benjamín, proveniente del lenguaje popular que la emparenta con la infidelidad, logró inquietarlo. Aunque el temblor instantáneo se esfumó inmediatamente, buscó en el fuerte viento que soplaba la posibilidad de dejar las bicicletas para otro día y proponer pasear por el barrio histórico.


En verdad, el viento era fuerte y fresco y la temperatura, agradable para caminar. ¿A dónde me estás llevando?, preguntó Benjamín al tiempo que encendía un Nevada. Vamos para el lado del faro, te quiero mostrar algo, dijo Rocío con esa naturalidad suya para corromper sus propias sorpresas. Si es que aguantas caminar hasta allá, agregó socarronamente. Él prefirió callar y sonreír y pasó un brazo por su hombro, pero se acordó de renguear y la tomó de la mano, porque le faltaban algunos centímetros para caminar cómodos (ella) y más aún, si la altura cambiaba cierta constancia por una leve pero insoportable intermitencia.


-De acá nos tirábamos con cartones, era re divertido- dijo Rocío señalando una barranca de césped de unos pocos metros de altura.


-Me imagino, respondió él con un tono seco, que no denotaba lo que trascurría en su imaginación, Rocío, pequeña, sonriente, turnándose cartones con otros pibes, el pelo suelto, la moña puesta tal vez, el eco de las risas bañando el aire donde se paseaban varios porteños despreocupados y no tantos gringos como ahora. Hace calor, tomemos algo fresco, me quiero sentar, enumeró con creciente énfasis para el desgano.


-Si, vamos, replicó ella como si se hubiera nublado de pronto. ¿Te pasa algo?


-No, nada. El pie.


8


¡Ma’ si!, pensó Benjamín de buenas a primeras y subió los escalones que separaban el campo de los baños. Llegando a la cima, a la altura de la calle, comprobó que la cola era larga y tenía para un buen rato de espera. Fue hacía el bar que estaba bajo las gradas, frente a los sanitarios. Algunos comían suculentos bifes con sendas pintas de cerveza y resonantes carcajadas, ajenos o en descanso del carnaval, el más largo del mundo según jactancias propias de cada oriental, que se desarrollaba a sus espaldas.


Así como entró, salió, presa de la ansiedad, podía ser que la muchacha se arrepintiera y bajara rumbo a los baños químicos del otro lado del campo o que la cola avanzara a una velocidad inusitada para espera de baño de mujeres o que la perdiera de vista o que el poco coraje que había juntado lo abandone antes de poder hablarle.


Esperó al pie de la escalera, controlando cada tanto con la vista, desentendido del espectáculo que tanto había venido a ver y que le llegaba como si estuviera debajo del agua. Cuando la vio salir del baño en dirección a él, a las gradas, empezó a temblar, indistinguible desaforado, que logró, no obstante, tragar saliva y soltar un escuálido “disculpame” para frenar la marcha de ella, que miró, se detuvo y sonrió, en ese orden, o tal vez primero sonrió y después se detuvo, pero seguro que antes lo había mirado, o aún lo había mirado mucho antes y sólo esperaba que las piezas se fueran encajando y que él creyera que hacía todo el esfuerzo o al menos, la mayor parte.


A menos de un metro de distancia, detenida y sonriente supo que era realmente hermosa, tal vez demasiado, se dijo, que de sus negros ojos salían chispazos en todas las direcciones, como de un carbón ardiendo o, quizá, como si fueran dos esferas de petróleo, burbujeantes e igualmente ardientes. Sintió un leve mareo, el aire inspirado demasiado aprisa y el cerebro se le vuelve inconsistente un momento, el preciso momento para que en esa viscosidad aparezca también Rocío, no ya dormida, sino sentada en la cama con los pies en el aire, meciéndolos y un aire distraído que la rodea y le arremolina el pelo suelto, mientras la chica de la vincha naranja, carbón encendido, le dice algo así como un “hola”, soltado desde esa fuente cálida que consigue el efecto contrario, helarlo, paralizarlo otro eterno segundo.


Mirá, dijo Benjamín, te vi en el ómnibus y luego en Tres Cruces y luego aquí y así fue que me vi un poco en la obligación de decirte que sos lo más hermoso que he visto en Montevideo, y mirá que es una ciudad que me encanta. Ella bajó apenas la cabeza y sonrió entre avergonzada y contenta. Me llamo Romina, dijo y acercó su mejilla para saludarlo con un beso, como si fueran conocidos que recién se encuentran. Le preguntó si era argentino, si le gustaba el carnaval. Benjamín sonrío afirmativamente y le preguntó a ella de dónde era y si también le gustaba el carnaval y la murga, agregó.


Era mendocina y luego de haber visto a Agarrate Catalina quedó en-can-ta-da con la murga uruguaya y resultó que en su ciudad había una murga de mujeres y aunque ella no había cantado nunca se acercó y comenzó la experiencia que ahora la llevaba hasta ahí, puesto que habían invitado a su murga a actuar en algunos tablados amateurs del Buceo y habían tenido la suerte de aprovechar el día de playa en Pocitos y la llamada de canbombe, bailando hasta tarde, aunque al final se había puesto algo denso y prefirieron irse a dormir. Le preguntó si él había venido solo, y Benjamín dijo que sí, casi sin dudar, y se vio cómo Pedro negando a Cristo antes de que cante el gallo, pero la tonada mendocina lo podía, no había caso.


Hablaron un rato, hasta que ella le dijo que debía volver con sus amigas, que sino iban a preguntar dónde estaba y no quería causarles preocupación. Apuntaron direcciones de correo electrónico y números de teléfono y bueno, quizá nos veamos estos días aunque creo que mañana me estoy yendo para Colonia, todavía no lo decidí. Como sea, hasta pronto y buena suerte. Benjamín se quedó mirando cómo bajaba las gradas y se perdía en la muchedumbre. Ya no buscaba la vincha naranja entre el público y se quedó sentado haciendo cálculos de cuán lejos quedaba Mendoza y cómo podrían hacer para verse, satisfecho de haber podido acercarse y hablarle, que no era tan difícil al final hasta que el solo de batería que marcaba el final de una murga lo trajo de nuevo a la realidad, donde posiblemente la chica de la vincha naranja ya lo había olvidado y era hora de volver al hotel, no sea cosa que Rocío se despierte y logre preocuparla.



9


Esa noche, después del tablado, compró un porrón de cerveza que tomó camino al hotel. Entró en la habitación sin hacer ruido, cerró la puerta y se quedó inmóvil un instante, acostumbrándose a la penumbra y a la respiración dormida de Rocío. Dejó el envase vacío en el cesto de la basura y se desnudó despacio, sintiendo el roce de la ropa que se iba quitando, hasta quedar completamente en cueros, jugando con la planta de los pies en la alfombra.


Se acostó y se acomodó cóncavo junto al cuerpo de ella y comenzó a recorrer con sus manos las suaves ondulaciones que le eran familiares, tan tibias, de una lozanía imprecisa y frugal, convirtiéndose de a poco, en medio de la oscuridad, en un tapiz que apenas se estremecía y no hacía caso a la llamada del deseo, de su burbujear primitivo, de su verga tiesa y hambrienta que ahora comenzaba a frotar y era entonces un timón que lo conducía a la isla del sueño, hasta quedarse dormido a la orilla de Rocío con su orgasmo a cuestas.

Despertó con la boca abierta y un hilo de baba seca en su comisura. Entreabrió los ojos a la claridad del cuarto, demasiada claridad, pensó instantáneamente y apenas luego vio a Rocío de pie, junto a la cama, con el mate en una mano, el termo en la otra y su sonrisa un poco ladeada, levantate dormilón, que habías prometido que salíamos temprano, y le alcanzó un mate y Benjamín comenzó a sentir un cosquilleo intenso, sentado ya en la cama, con los ojos puestos en Rocío y mientras ella le preguntaba cómo le había ido en el tablado: supo que le había ido bien, que había sabido regresar a tiempo, que tenían que apurarse para poder llegar temprano a Colonia, ese había sido el trato y los tratos asi conviene no romperlos. También se dijo que tenía que borrar urgente un número de la agenda de su teléfono.